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Biografia Dr. Gustavo Baz Padra
 

     La Colonia

La Colonia
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LOS CIMIENTOS DE UN IMPERIO
 

A los tres siglos que siguieron a la caída de Tenochtitlán se les conoce como la Época Colonial o Virreinal, pues México y sus tributarios pasaron a tener una dependencia directa del imperio español. Esto presentaba un cambio radical con respecto a la época indígena. Los españoles desde un principio desplegaron por todos los lugares a los que llegaban, sus instituciones y sus organizaciones propias, los indígenas fueron protegidos en tanto que se constituyeron como la principal mano de obra y la fuente de enriquecimiento de los conquistadores. El modelo español se impondría también en nuestra región; los nombres anteriores de cada lugar fueron conservados pero con un matiz cristiano, al darles patronos. La importancia de nuestra región comenzaría a crecer, y como su consecuencia directa se encuentra la fundación de la "Tierra de en medio", Tlalnepantla, no como un punto de uniformidad, sino de comunión entre otomíes y mexicas.

 

   
   
 

“Compendio de la Colonia en Tlalnepantla”

Autor: Rafael Padilla, 1995.
Fuente: Archivo Histórico Municipal de Tlalnepantla de Baz.

 

 

LOS AMOS ENCOMENDEROS

Después de consumada la conquista de México -Tenochtitlán, siguió una época de anarquía, caracterizada principalmente por el saqueo del oro y las joyas que encontraban los españoles. Pero poco tiempo después todos aquellos que habían participado en las huestes de Cortés le exigieron una retribución a sus esfuerzos.

Siendo el conquistador la máxima autoridad durante ese primer momento, y habiendo tomado la nueva tierra a nombre del Rey Español, se sintió obligado a instituir en México la encomienda. Este sistema no le era desconocido, pues se había aplicado por el imperio español, en las tierras recién descubiertas como en las Antillas. En ese lugar ya había causado terror por sus abusos contra los indígenas. Sin embargo, era el único camino para satisfacer el hambre de riqueza que experimentaban los conquistadores.

La encomienda consistía en ceder al español un cierto número de indígenas que habitaban un pueblo o un lugar específico, con el fin de recibir de ellos tributo y/o trabajo. Esta cesión no implicaba la posesión de la tierra, sino sólo el producto del trabajo indígena, aunque casi desde el principio los encomenderos consideraron la tierra de los indios como su propiedad. De acuerdo a la ley española la encomienda debía ser algo benéfico para los indígenas, quienes como nuevos súbditos del rey, recibirían la instrucción cristiana y serían adentrados en la cultura española; pero en la práctica se tradujo en una forma de explotación desmedida pues los encomenderos, sus nuevos amos, cargaban a los indios con trabajos y tributos excesivos, los maltrataban, los golpeaban, y si querían escapar, los hacían perseguir por perros, cual si fueran presa de cacería. Tomaban a sus mujeres, destruían sus tierras de cultivo, los marcaban en la cara como si fueran ganado y además eran forzados a obedecer con malos tratos a los calpixques o capataces indígenas. Todo esto fue puesto a la luz por fray Bartolomé de las Casas, fraguándose la llamada " Leyenda Negra" de la colonización española.

 

   
   
 

“El maltrato fue común en la encomienda”
Códice Kingsborough

Fuente: Tlalnepantla, una región en la historia, Laura Edith Bonilla de León – Rebeca López Mora, pág. 45,
H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz. 1994-1995.

 

El artífice del reparto de encomienda fue Hernán Cortés, tal y como lo menciona Suárez y Peralta en sus Noticias Históricas:

"Después de haber ganado los españoles a México, y estar de paz a todas las provincias comarcanas, empezó (Cortés) a repartir la tierra, para que de ello se sirviesen y aprovechasen."

Tanto aprovecharon los encomenderos sus cesiones que se convirtieron rápidamente en un grupo poderosísimo. La Corona no los veía con buenos ojos pues representaban una amenaza ante su autoridad! por lo cual en 1523 Cortés recibió la orden del Rey de prohibirlas, pero ya era demasiado tarde, y pretextó que era el único medio eficaz de pacificar las nuevas tierras. Durante toda la primera mitad del siglo XVI se dio una querella entre la Corona, que quería limitar el número de indios encomendados, y los amos encomenderos, quienes desoían toda orden que viniera en ese tenor. Finalmente, entre 1542 y 1545 las leyes nuevas darían el golpe de gracia a las encomienda, pues además de reducir el número de indios prohibían que la encomienda durara más de dos vidas, es decir, sólo se podían heredar una vez, del padre poseedor al hijo heredero. Las encomiendas seguirían en vigencia durante el siglo XVI aunque algunas durarían un poco más.

En nuestra región los dos pueblos que la componían en este tiempo fueron sometidos al régimen de encomienda, y los amos encomenderos de cada una serían gente de primera línea en la política novohispana de esos tiempos.

Teocalhueyacan, quien recibiera con los brazos abiertos a Cortés, sería la primera encomienda de nuestra región. Después de la conquista pasó a formar parte de la jurisdicción de Tacuba. En ese tiempo la encomendera de Tacuba era Isabel Moctezuma, (Techuichpo) una de las dos hijas del gran señor mexica a quien Cortés dio posesiones reconociéndoles su dignidad de nobles indígenas. Así que Teocalhueyacan inicialmente fue parte de la encomienda de la hija de Moctezuma. Pero esta situación duraría poco porque Cortés se la pidió a doña Isabel en 1528 para formar una encomienda aparte y otorgársela a su amigo, el tesorero Alonso de Estrada. Aunque la cedió, tanto la heredera de Moctezuma como su esposo a Alonso de buen grado, nunca llegaron a aceptar esta separación, y la pelearon por algún tiempo, probablemente por considerarla de gran valía.

Alonso de Estrada recibió Teocalhueyacan pues así se lo rogó a Cortés, deseaba tener ciertas estancias en nuestra región. Estrada tenía un puesto muy importante en la Ciudad de México, a la cual había llegado procedente de la Ciudad Real en el año de 1523. Aunque no fue conquistador, fue tesorero real, puesto para el que llegó a México y vino de España acompañado de su esposa Doña Marina de la Caballería, y de varios de sus hijos.

En 1526 Alonso de Estrada se convirtió en teniente gobernador de la ciudad capital al fallecer su antecesor Marcos de Aguilar. Su gobierno fue bueno, pero tuvo un problema que lo desprestigiaría: los miembros del cabildo y otros personajes distinguidos le pidieron que gobernase junto con Cortés, pero Estrada se negó rotundamente. Además por Orden Real se le ponía como único gobernador porque le habían llegado al Rey noticias muy negativas del Conquistador. Así que Alonso de Estrada mandó apresar a Cortés y envió al destierro a quien tanto lo había beneficiado otorgándole la encomienda de Teocalhueyacan. Este hecho fue calificado por algunos como una traición y una ingratitud, y entre sus detractores se encontraba su propia esposa, doña Marina de la Caballería, de quien Bernal Díaz decía que era "cierto digna de buena memoria por sus muchas virtudes". Algunos de sus allegados decían que su esposa lo hizo recapacitar al recordarle sus bienes, esto es, la encomienda en nuestra región, en este tono:

"Plegad a Dios por que estas cosas que habléis hecho no nos venga mal de ellos; y le trajo a la memoria los bienes y mercedes que Cortés con ellos había hecho, y que procurase tornar a hacer amistades con él para que vuelva a la ciudad de México".

Muchos bienes, en efecto, tenía el gobernador con su encomienda, que el remordimiento pesó más que la codicia, levantando el destierro a Cortés. No conforme con tomar el tributo de los indios Alonso de Estrada fue uno de los muchos casos de encomenderos que aprovechó su encomienda para recibir tierra. Así, fue el primer terrateniente de Teocalhueyacan, quien tenía un lugar de privilegiado como encomendero para recibir la tenencia de la tierra. Al final de su gestión su juicio de residencia fue satisfactorio, pero como no fue apoyado para seguir en el puesto, se retiró del gobierno. En 1530 falleció en la provincia de Chiapas, aunque Bernal agrega que murió "de enojo" por no haber recibido apoyo, cosa que no podemos comprobar.

La encomienda de Teocalhueyacan pasaría  a manos de la ya mencionada doña Marina de la Caballería, a la muerte de su esposo. Su posesión era de tamaño regular, y la mantuvo durante 20 años. En 1545 doña Marina recurrió también al recurso de pedir tierra en posesión de su propia encomienda; la fecha coincidía con las leyes nuevas, que ponían en peligro la conservación de las encomiendas, por lo cual seguramente quiso mantener su " status" con una posesión total. La tierra que pidió fue de importancia, ya que contó con la merced de 1 1/2 caballería (que vienen siendo 64.19 hectáreas), y un sitio de ganado menor, (equivalente a 780 hectáreas). Su posesión pues, era grande, y seguramente su fortuna también.

En 1551 murió Doña Marina de la Caballería después de 20 años de ser una mujer poderosa, y Teocalhueyacan por un tiempo regresó a la Corona, en cumplimiento de las dos vidas en que se podía conservar una encomienda. Pero sus herederos, deseosos de continuar siendo los amos de ese lugar, obtuvieron de la Corona lo que pretendían. Así la encomienda de Teocalhueyacan siguió en esa familia, y otra viuda sería la que se beneficiaría del trabajo de los indios: Luisa de Estrada, hija del tesorero Alonso de Estrada. Ya para entonces había enviudado de Jorge de Alvarado, hermano de aquel que los indios llamaban el Sol, Pedro de Alvarado. La encomienda continuó por muchos años, y las fuentes de esa época se referían a ella como "un buen repartimiento", el número de tributarios era de 1890 en el año de 1560. Doña Luisa la conservó aún en 1571, y aunque no se sabe el año de su muerte, se piensa que por esos años falleció. La encomienda volvió a ser heredada, siendo esto un hecho inusitado con respecto a los demás encomenderos, muchos de los cuales se vieron casi por completo anulados en esa época. Sin embargo Teocalhueyacan siguió siendo encomienda probablemente porque a pesar de ser de buen tamaño, no le interesaba a la Corona mantener un litigio muy grande con estos encomenderos, casi todas las grandes encomiendas la tenía ya en sus manos.

A la muerte pues, de doña Luisa, la encomienda pasó a manos de Juan de Villafañe. Este era nieto de doña Luisa y también por el lado materno del conquistador de Florida, el capitán Ángel de Villafañe. Tenemos pues, que los encomenderos de nuestra región, venían de las familias más encumbradas de la Nueva España. Por otros 20 años conservó la encomienda, y a su muerte la recibió su hijo Ángel de Villafañe, en 1590.

El nuevo encomendero también pidió merced real de su propia encomienda, afianzando su posición económica. En 1602 recibió dos caballerías de tierra que equivalen a 85.59 hectáreas, territorio nada despreciable en esa época. Ángel de Villafañe conservó la encomienda más tiempo que sus antecesores, probablemente hasta 1629, pues no se sabe bien el año de su muerte.

La encomienda siguió en manos de particulares: la Corona no manifestó interés en ella, aunque es probable que durante el siglo XVII vio destruir sus ingresos y su poder con el auge de las haciendas de nuestra región, lo cual veremos en su momento.

En 1638 se da la merced para una cuarta vida en la encomienda, que ya no se conocía como Teocalhueyacan, sino como Tlalnepantla, el nombre indígena quedaría casi en el olvido. Esta merced se da a la viuda de Fernando de Ávila, quien probablemente la tuvo por corto tiempo entre 1629 y 1638. La Corona concedió otra merced que duraría hasta 1653.

En 1653, más de cien años después de las leyes que limitaban la encomienda, la Corona tomó la de Tlalnepantla, y ocupó el ingreso para fines muy diferentes, su renta formó parte del dinero que recibía la madre del Virrey Duque de Albuquerque, llamada Ana Enríquez de Cabrera. A partir de entonces el fruto del trabajo indígena sirvió para rentas de varias personas, como Baltasar de la Cueva Enríquez, la Marquesa de Santa Cruz, la Duquesa de Albuquerque, y miembros de la misma familia.

Así terminaba la historia de una de las más largas encomiendas; el tributo de los otomíes sirvió en ese tiempo para enriquecer a miembros de una familia destacada; pero también, como luego se verá, se experimentaría el descenso del poder del amo encomendero frente al ascenso del nuevo poderoso, el hacendado colonial.

Otra sería la historia de la encomienda de Tenayuca, mucho más corta que su vecina Teocalhueyacan. Su primer encomendero fue Cristóbal Flores, quien fue conquistador venido con Cortés en 1519; durante la toma de, Tenochtitlán, Flores fue uno de los capitanes que tuvo un bergantín bajo su mando; es decir, su encomienda fue seguramente parte de su botín, de su premio de conquista y lo recibió de manos del mismo Cortés. Sin embargo, en 1532, murió y su encomienda regresó a manos de la Corona. Cinco años más tarde, el Virrey Antonio de Mendoza le daría al español Juan Alonso de Sosa la encomienda de Tenayuca, pero le dio también Coatepec; así, desde 1537 se hablaría de la encomienda de Tenayuca-Coatepec. De ambos lugares, Tenayuca era el más importante, pues ya lo era desde tiempo atrás la esposa de Sosa era hija de Alonso de Estrada, y se llamaba Ana de Estrada, quien se casó en 1531 con el tesorero Sosa. Tenemos así que entre los años de 1537 y 1544 las mujeres de la familia Estrada tenían el poder y la riqueza de nuestra región: Ana en Tenayuca y su madre Marina de la Caballería en Teocalhueyacan.

De esta época tenemos una valiosa información en el libro de las tasaciones de los pueblos en donde se consignaba con detalle la cantidad y tipo de tributos que los indios daban a cada encomendero. Aunque se suponía que estos bienes eran para que el encomendero viviera con lo necesario, lo cierto es que lo rebasaban ampliamente, ya que les permitía vivir con lujo y holgura.

 

 

En dicho libro se consignan los tributos de los tenayucas desde 1532, que consistía en cuarenta tejuelos de oro de nueve quilates, que cada uno un valor de cuatro pesos, precio bastante considerable para la época. Esto debían aportarlo cada ochenta días a la Corona que por entonces tenía la encomienda. Al tomar la encomienda Sosa, los indios estaban verdaderamente explotados, pues además de aportarle el oro acordado, le daban otro tipo de servicios, por lo cual pidieron a las autoridades virreinales que tan sólo aportaran lo segundo. Su petición fue aceptada tasando los tributos de la siguiente manera:

 

"... Cada día dos gallinas y dos codornices y treinta huevos y cien tortillas de maíz, fruta, ají y sal y cinco cargas de leña y una de carbón y cinco de yerba y dos manojos de acote y darle ocho muchachos para servirle en las estancias de ovejas y ayudar a beneficiar la mitad de cien anegas de sembradura que ha de sembrar el tesorero con sus bueyes y ha de ser a tres leguas de México..."

   
 

“Primer Virrey de la Nueva España. Don Antonio de Mendoza”

Fuente: INEHRM

Como pudimos ver, los tributos en trabajo y especie daban alimento y mano de obra gratis al encomendero, quien podía sacar todo el provecho tanto de los indios, como de sus propias tierras ¿podría alguien pedir algo más?

Los tributos acordados se transformaron con el tiempo en más trabajo humano; los indios de Tenayuca, frente a su encomendero, pidieron en diciembre de 1543 a las autoridades, dar más trabajadores, pues Alonso de Sosa ya los tomaba por la fuerza: les convenía a los indios que los tasaran para evitar que cayese en el abuso. EI libro de las tasaciones así lo refiere:

“y por les venir utilidad, quisieron darle de aquí adelante diez indios de servicio ordinario en esta ciudad, y como daba ocho indios para la guarda de ovejas le quieren dar otros cuatro más que son doce, por razón que el dicho tesorero les quita y alarga que no sean obligados a beneficiar la mitad de cien anegas de sembradura y traerlo a esta ciudad…”

Desde esos remotos tiempos, la producción de nuestra región iba a dar a la capital que dependió siempre de sus alrededores.

La suerte de Alonso de Sosa cambiaría radicalmente a raíz de las leyes nuevas: el 23 de abril de 1544 se le retiró la encomienda de Tenayuca-Coatepec, pasando los tributos a beneficiar a la Corona. Aunque era parte de una sola encomienda, cada cabecera permaneció separada antes y después de esta fecha.

Probablemente la situación económica de la familia de Sosa cambio a partir de entonces. Ciertamente tenían otras propiedades, pero su "estatus" de hombre poderoso quedaría en entre dicho. En 1564 murió el tesorero Sosa, y sus hijos, quienes podríamos decir que formaban parte de una sociedad de hijos acostumbrados a las riquezas fáciles, no se hicieron a la idea de perder la encomienda, por lo cual aspiraron a recuperarla. Llevaron su petición a las autoridades con el fin de que se les volviera a asignar su encomienda, pero el Consejo de Indias se las negó en 1570. Así pues, Tenayuca quedó bajo la Corona a partir de entonces, y sus tierras comenzaron a repartirse entre terratenientes interesados en sus riquezas.

Queda pues, conformada la visión de las encomiendas de nuestra región, fue la primera experiencia del sometimiento hacia los nuevos amos. Y aunque, como hemos visto las leyes nuevas impactaron directamente sobre el poder de los encomenderos, los indios nunca dejaron de estar sometidos; el español se impuso e impuso su ley y sus instituciones, sin importarle los derechos milenarios del indígena sobre su tierra.

 

LOS CIMIENTOS DE UN GOBIERNO

El reparto de encomiendas para los conquistadores no fue suficiente para organizar a las nuevas tierras del imperio español. Desde los primeros tiempos se organizó a los pueblos bajo los conceptos españoles, pero con base en la antigua organización indígena. En este sentido se transformó el sistema de dominación mexica para conformar el sistema de sujetos, cabeceras y corregimientos.

Geográficamente hablando, la cabeza en España y más específicamente en Castilla, correspondía a una capital eclesiástica o secular de gobierno, enmarcada en un distrito. En México el nombre de cabeza se cambió al de cabecera y se erigió así a las comunidades que en tiempos mexicas tenían un tlatoani. Como se recordará el Tlatoani era el representante del señor principal de Tenochtitlán o Gran Tlatoani, encargado de cobrar los tributos de ese lugar. Dentro de nuestra región sólo existía un Tlatoani, asentado en Tenayuca y éste era el hijo de Moctezuma. Por ello, inmediatamente Tenayuca tomó el carácter de cabecera, con base en su importancia pasada.

El caso de Teocalhueyacan fue distinto, pues aunque existían ciertos rumores de que ahí había vivido un Tlatoani llamado Ce Cuauhtli, Juan de Tovar o Juan de Aguilar, nunca se ha podido comprobar su existencia. Sin embargo, los españoles también la nombraron cabecera en función de estar ahí asentada una encomienda. Como ahí se recolectaban los tributos era necesario nombrarla cabecera, hecho que constituye una de las excepciones dentro del sistema español de cabeceras.

Por último, nuestra región contó con una tercera cabecera que es el caso único del Valle de México por las razones de su erección. Aunque hablaremos posteriormente de su fundación, Tlalnepantla evidentemente no tenía ni un Tlatoani ni un encomendero, pero debido a la importancia de la fundación franciscana, fue nombrada cabecera en la segunda mitad del siglo XVI.  Viendo este panorama, es pertinente hacer notar que Tlalnepantla la "Tierra de en medio", era en un principio el asentamiento menos antiguo de nuestra región, pero que debido precisamente a su privilegiada localización pudo llegar a tener la supremacía frente a las dos cabeceras: a un siglo de la conquista, Teocalhueyacan quedaba en el olvido, y Tlalnepantla tomaba importancia. Tenayuca se conservaba, pero sin poder competir con su cabecera vecina.

La importancia de las cabeceras venía tanto por el tamaño de la población, como por las funciones que ahí se desarrollaban: ahí residían el gobierno civil español, la nobleza indígena, se recaudaban los tributos y se centralizaba la reclutación de mano de obra. Pero además, su importancia dependía de los pueblos sujetos bajo su poder. Los sujetos eran comunidades más pequeñas que rendían a la cabecera tributos, servicios y otras obligaciones. Así, las cabeceras de Teocalhueyacan, Tlalnepantla y Tenayuca tenían sus propios sujetos, que rendía a aquellos la obediencia y el trabajo que les era solicitado. Muchas veces se establecieron litigios entre las cabeceras reclamando el dominio sobre algunos sujetos; nuestra región fue el escenario de uno de los problemas más complicados del siglo XVI.

Teocalhueyacan, como hemos visto, perteneció en un principio a Tacuba, la cual levantó frecuentes demandas ante la Real Audiencia (institución de justicia superior virreinal) para su devolución, sin embargo nunca prosperaron. Pero la rivalidad continuó viva por la pelea sobre los sujetos de Xilotzingo y Tlazala que ambas cabeceras reclamaban para sí. El asunto se complicó cuando Teocalhueyacan mandó a la Real Audiencia testigos indígenas que afirmaban que esos pueblos le daban tributos desde antes de la conquista, además de trabajos personales; es más, afirmaron que habían tenido un cacique indígena en esos lugares.

Teocalhueyacan ganó el pleito y Xilotzingo y Tlazala fueron nombrados sus sujetos formalmente. Años después se descubrió el ardid de Teocalhueyacan en el pleito contra Tacuba; en 1560 se puso a la luz la falsedad de los testigos, quienes por dinero hablaron con perjurio con respecto al pasado indígena. El pago lo habían recibido directamente de otomíes de Teocalhueyacan dispuestos a todo por ganar esos sujetos. Esto es tan sólo un ejemplo de lo que sucedía cotidianamente en esas tempranas épocas de la colonia.

No sólo los sujetos dependían de las cabeceras; también lo hacían las estancias: una estancia era un terreno que se alejaba de la cabecera por varios kilómetros, pero que sin embargo, tenía relación con ella. Tlalnepantla tenía como estancia a Tizapán, Calacoayan, Tepetlacalco y Xocoyahualco.

El gobierno civil se asentaba en las cabeceras, a través del cabildo. En él se encontraban varios funcionarios, siendo los más importantes los regidores y los alcaldes. En nuestra región existieron alcaldes tanto de Tenayuca como de Teocalhueyacan. A veces fueron españoles, principalmente en el siglo XVI y después fueron mestizos que sabían hablar el español. Se elegían a través de electores o vocales de cada pueblo que eran realmente, los personajes locales más distinguidos: la oligarquía se imponía. Los virreyes debían cuidar que las personas elegidas fueran idóneas para el cargo, principalmente verificando que no tuvieran una vida escandalosa. Dentro de los gobiernos indígenas, los regidores debían ser personas con un linaje de nobleza reconocido, pues aquellos que tenían relación con los caciques indígenas siguieron conservando su "status", a cambio de ser éstos los que cobraran directamente los tributos. Por ello, en el primer siglo de la conquista se habló de la nobleza indígena, inferior, sin embargo, a la nobleza española.

Contamos con los nombres de algunos de los primeros alcaldes de nuestra región;  ya que la lista está incompleta, por desgracia, pues sólo se conformó con informes indirectos sacados de documentos diversos del Archivo General de la Nación. Es digno de mencionar que los alcaldes de Tenayuca, Tlalnepantla y Teocalhueyacan permanecieron separados por mucho tiempo. En algunas ocasiones el alcalde de Tenayuca lo era también de Tlalnepantla, pero Teocalhueyacan permaneció aparte durante más tiempo, su nombre indígena quedo en el olvido desde el siglo XVII, siendo mencionado como San Lorenzo. Por todo lo anterior tenernos la certeza de que la fundación de la “Tierra de en medio” no logró por mucho tiempo, reunir bajo su mando a los otomíes y nahuas de nuestra región; esto se lograría a través del tiempo que todo lo borra.

Hemos hablado aquí tanto de los sujetos como de las cabeceras de nuestro actual municipio. Pero todo esto se encontraba dentro de una jurisdicción más grande, que se conoció en la época colonial como corregimiento. Tlalnepantla, Tenayuca y Teocalhueyacan pertenecieron al corregimiento de Tacuba, que tenía un gran territorio en su administración; en el sur colindaba con el corregimiento de  Coyoacán, y en el norte llegaba a los linderos de Tultitlan, por los pueblos de Azcapotzaltongo y Tepoxaco. Es decir, nuestra región era la zona más al norte del corregimiento de Tacuba. La base para delimitar los corregimientos fue la organización de sujetos y cabeceras, tomando mayor fuerza cuando las encomiendas fueron desapareciendo.

Los corregidores eran también funcionarios que se beneficiaban directamente del trabajo de los indios, como en su tiempo lo hicieron los encomenderos: percibían un salario pero además recibían forrajes, combustible, alimentos y servicios indígenas. Duraban un año en su servicio pero frecuentemente se alargaba su período por propia conveniencia.

El corregimiento de Tacuba era muy amplio, por lo cual era poco frecuente la visita del corregidor a nuestra región: el gobierno civil más cercano para los habitantes indios y españoles eran los alcaldes, regidores y demás funcionarios del cabildo. Pero Tlalnepantla era una parte muy importante del corregimiento de Tacuba, pues a diferencia de otros lugares en que vieron disminuir muchísimo su población, nuestra región era superior en número a las demás localidades. Hacia 1742, la división territorial de Tlalnepantla era evidentemente más grande que las demás. El corregimiento de Tacuba tenía un total de 20,200 habitantes distribuidos de la siguiente manera:

Tacuba, sede principal         
del corregimiento                  3,650 habs.
Azcapotzalco                          3,000 habs.
Huixquilucan                          4,080 habs.
Tlalnepantla                           4,300 habs.

Dentro de Tlalnepantla se incluían las cabeceras de la misma Tlalnepantla y de Tenayuca, pero era una misma región se unían, cual una red, con multitud de haciendas y ranchos que dominaron el panorama desde el siglo XVII.

En los últimos tiempos del virreinato se instauró el sistema de intendencias, poniendo así las bases de los gobiernos provinciales. Se conformaron de acuerdo a las diócesis, o sea las jurisdicciones eclesiales y serían de una gran importancia pues fueron los que darían la pauta de los estados de México independiente. Tlalnepantla desde 1786 formó parte de la intendencia de México la cual era realmente muy grande, puesto que formaban los actuales estados de Hidalgo, Morelos, Guerrero y México. También durante esta época cayó en completo desuso el término de sujeto quedando tan sólo el genérico de pueblo.

Finalmente, y haciendo una reconsideración de todo el sistema de gobierno que se aplicó durante la colonia en Tlalnepantla, hay que recalcar el inusitado crecimiento de ésta. En efecto de ser tan sólo un sujeto de Teocalhueyacan en 1561, llegó a ser cinco veces más grande que Tenayuca en el siglo XVII.  Así comenzaría el despegue de Tlalnepantla quien con sus brazos fraternales unificó a sus vecinos y los adopto como sus hermanos menores.

 

EL TRABAJO SE ORGANIZA: EL REPARTIMIENTO

Con el inicio de la dominación española comenzó también la explotación de los indígenas. En un principio los únicos beneficiarios de esta mano de obra fueron los encomenderos, Pero existían algunas labores consideradas como de beneficio común que requerían también de mano de obra indígena, para lo cual los españoles recurrieron a organizar el trabajo, sacando de cada comunidad un cierto número de tributarios periódicamente. Estas cuadrillas de trabajo era algo cotidiano en tiempos prehispánicos, se aprovechaba la organización de cada tribu para obtener a los trabajadores, quienes realizaban la labor según el oidor Alonso de Zurita, con alegría y júbilo. Cuando la encomienda estaba en su apogeo, el Tlatoani de cada comunidad, transformado en noble indígena se daba a la tarea de reclutar a los indios para ciertos trabajos comunes como por ejemplo, la construcción de las primeras capillas y conventos.

Pero un hecho coyuntural hizo que las autoridades virreinales tomaran medidas más radicales,  en 1555 las intensas lluvias provocaron una terrible inundación en la ciudad de México, y con el fin de que la laguna no se volviera a verter sobre las calles, se organizó un trabajo con indios de las comarcas cercanas para construir un dique más efectivo. Con este objetivo se creó la institución del Repartimiento.

Se delimitaron varias zonas para el repartimiento, de esta manera Tlalnepantla, Tenayuca, Teocalhueyacan y sus sujetos quedaron en la  jurisdicción de Tacuba. Existía un juez repartidor que exigía a cada localidad el 2% del total de los tributarios registrados para los trabajos específicos; cada lunes se reunían tanto los indios solicitados como las personas que requerían sus servicios, y ahí mismo se les repartía el trabajo. A la siguiente semana se les pagaba, se les liberaba y se procedía a una nueva repartición. A pesar de que los domingos se descansaba, la explotación era evidente, pues no tenían que cumplir con un máximo de horas laborables y las condiciones de trabajo normalmente era deplorables, en fin, un sistema más de explotación indígena. Pero gracias a él se llevaron a cabo obras arquitectónicas de gran belleza, y además pudieron mantenerse las estancias agrícolas durante unos 75 años después de la creación del repartimiento.

Dentro de nuestra región existieron tres labores principales a las que se dedicaron los indios de repartimiento: la construcción, el levantamiento de cosechas particulares, y el transporte de mercancías.

Ya habíamos hablado de las bellas construcciones en cantera que se realizaban en Tenayuca. Es precisamente por la fineza de estos trabajos que el repartimiento necesitó de indios, ni más ni menos que para la construcción de la Catedral Metropolitana. La fama de los tenayucas en tiempos coloniales comenzó cuando éstos trabajaron para construir el monasterio de los dominicos en la ciudad capital, alrededor del año 1543. Tal vez su trabajo fue tan apreciado que las autoridades eclesiales pidieron al repartidor de Tacuba que les proveyera de tenayucas, para la máxima obra eclesial de la capital. La primera catedral construida entre 1524 y 1532, era muy sencilla, por lo cual esta nueva obra debía ser deslumbrante para ser digna de una ciudad en auge. Después de una difícil cimentación, por lo acuoso del suelo que comenzó desde 1570, se dio inicio a su construcción en 1585; acabada la obra estructural se necesitó del tallado de la cantera, y es en 1590 cuando tenemos noticias de que 12 indios canteros de Tenayuca eran suministrados semanalmente a los trabajos de la catedral por el repartidor de Tacuba. Semana tras semana esta cantidad de indios trabajó en la capital, aunque dos años después sería necesario un segundo llamado para que los habitantes de Tenayuca siguieran cumpliendo con su trabajo; ello nos hace pensar que probablemente en 1592 ya no fuera constante su trabajo en la Ciudad de México.

La catedral duró en construcción durante mucho tiempo más, algunas veces se suspendió la obra por inundaciones dentro de la ciudad. Pero al reiniciarse en la década de 1630, se volvió a dar la orden para que los tenayucas cooperaran en el trabajo, en 1640 se ordenó a los gobernadores y oficiales de los pueblos de Tlalnepantla y Tenayuca, que dieran 10 indios cada semana para sacar de Los Remedios la cantera blanca que se requería para la Catedral Metropolitana. Esta es la última noticia que tenemos del trabajo de Tenayuca en esa obra constructora, debido a que en1667 llegó a su fin. Por ello, al contemplar la Catedral de México podemos valorar más el aporte de Tlalnepantla a la cultura nacional.

El repartimiento también fue el encargado de surtir de trabajadores a los terratenientes españoles en nuestra región, quienes principalmente cultivaban trigo. Desde 1565 tenemos noticias de indios de Tenayuca que eran repartidos en Tacuba para las sementeras. En ese entonces el sueldo acordado era de 20 cacaos por día, y comida. El uso del dinero español no se generalizaba todavía para tratos con los indios, siendo común el pago en cacao. Curiosamente, el que recibía a estos indios era el cacique de Tacuba, Antonio Cortés; un indio que se valía de otros indios para su beneficio.

En la década de 1590-1600, el juez repartidor de Tacuba se encargó de dar indios a los terratenientes de Tlalnepantla, de manera más o menos constante, en 1590 se especificó que el número común de indios del repartimiento se pudiera elevar al doble durante la épocas de siembra y cosecha, aunque no contamos con el número total de trabajadores'" Otra noticia de los indios que se dedicaban a la agricultura la tenemos en 1591, debido a que se mandaba al alcalde de Tlalnepantla que ordenara a los labradores de su jurisdicción que permitieran ir a sus trabajadores al repartimiento semanal; seguramente se negaban a dejarlos ir porque descuidaban sus propias tierras, pues ¿Qué patrón deja que sus empleados trabajen para otros?.
En 1593 algunos indios de Tenayuca se beneficiaban del repartimiento para sus propias tierras, como en el caso de Juan Contreras, quien ocupaba dos indios a los que pagaba el salario convencional, pocos indios ocupaba este indio en Tenayuca.

El último documento que tenemos que habla sobre el repartimiento en la agricultura data de 1599 cuando Hernando Román, labrador de Tlalnepantla, se quejaba de que el alcalde de San Lorenzo (Teocalhueyacan) le había quitado tres de sus indios trabajadores para hacerlos alguaciles y mandones. Lo importante aquí es que Román se quejaba de este despojo, pues decía que los indios sí querían estar en su tierra, y que siempre había estado dispuesto a que fueran a cumplir con el repartimiento cuando se les ordenaba, pues esto era legal. Como él tenía la razón, se dio la orden que le regresaran a sus trabajadores. Esto nos ilustra cómo todos los indios debían cumplir con el repartimiento cuando se les requería, no importando que trabajaran como asalariados para otro patrón; además los dueños de la tierra tenían la obligación de mandar a sus trabajadores si así se los pedían. Tal vez quedaría la pregunta ¿Cumplirían los indios, con agrado, la orden de trasladarse a otra tierra, cuando nadie les pedía su opinión? seguramente no, pero no tenían ninguna opción, pues de no hacerlo podían incluso sufrir castigos y cárcel.

El último tipo de trabajo dentro del repartimiento en nuestra región fue el que exigía el gobierno virreinal; en este caso se le pedía a Tenayuca y a otras localidades ciertas cargas de canoa que no entraban como tributo, y que transportaban forraje, combustible, pescado, huevo, pollos, maderas y otros artículos. Tal vez a Tenayuca le tocaría aportar madera y carbón, pues era abundante en la época colonial y siempre se transportó a la capital.

Estos trabajos organizados no duraron por mucho tiempo, y el repartimiento cayó en desuso desde 1633. Aunque tenemos noticias de que todavía en 1640 se mandaron indios para el trabajo de la catedral, esto ya no lo organizaba un juez repartidor pues a partir de esa época se generalizan el trabajo libre remunerado, y las haciendas, que al ir creciendo en número, crecían también en trabajadores.

Sin embargo, por el repartimiento nuestra región pudo aportar sus manos y su esfuerzo en obras externas que aún admiramos, por lo cual podemos afirmar que estos trabajos fueron el orgullo de los antiguos habitantes de Tlalnepantla, y también de los actuales.

 

LA CONQUISTA POR LA CRUZ: CORPUS CHRISTI TLALNEPANTLA

Casi al mismo tiempo en que se llevaba a cabo la conquista por la espada, comenzó la conquista por la cruz: los conquistadores ganaban nuevos territorios para el rey español, así como derrumbaban ídolos y pirámides para ganar almas para la verdadera fe.

Cortés, sin embargo, no podía llevar a cabo la conquista espiritual con los hombres con quienes venía, ni siquiera con los sacerdotes que lo acompañaron en su campaña. Por eso, él mismo pidió misioneros al Rey de España que afianzaran la obra de evangelización que, rudimentariamente, había comenzado. Con este llamado llegaron la órdenes mendicantes, siendo los primeros los franciscanos, quienes imbuidos en un espíritu de pobreza y renovación espiritual, llevarían a cabo la obra importantísima de poner las bases de la nueva religión.  Todos los dioses y ritos antiguos cayeron desde lo alto de las pirámides por la obra de los españoles, quienes inmediatamente ponían o una cruz o una virgen. De la noche a la mañana los indios debían aceptar la religión católica, abandonando por completo sus signos paganos.

 

"LOS DOCE" PRIMEROS FRANCISCANOS

El 13 ó 14 de mayo de 1524 "los primeros doce" franciscanos llegaron a San Juan de Ulúa, en Veracruz; poco más de un mes tardaron en llegar a México capital, pues no estaban familiarizados con el medio, el camino, con el clima y la geografía. Estos primeros franciscanos eran frailes menores de la observancia, algunos de los cuales escribieron sus nombres con oro en el libro de la historia mexicana, y fueron los siguientes:

  • Fray Martín de Valencia,
  • Fray Francisco de Soto,
  • Fray Martín de Jesús, o de la Coruña,
  • Fray Juan de Suárez, o de Juárez,
  • Fray Antonio de Ciudad Rodrigo,
  • Fray Toribio de Benavente o Motolinia (por lo pobre de su vestido),
  • Fray García de Cisneros,
  • Fray Luis de Fuensalida,
  • Fray Juan de Ribas,
  • Fray Francisco Jiménez,
  • Fray Andrés de Córdoba y
  • Fray Juan de Palos; estos dos últimos permanecieron como legos.

Con ellos comenzó la evangelización metódica ya su sistema fue principalmente el de fundar escuelas, ayudar a la alfabetización y a la adaptación a la cultura hispánica pero siempre con el matiz del cristianismo.

Por ser la primera orden religiosa que llegó a la Nueva España, pudieron extenderse por donde ellos quisieron, prefiriendo los contornos inmediatos a la ciudad de México, por eso la llegada de los franciscanos fue muy rápida dentro de nuestra región.

 

LOS NUEVOS CRISTIANOS

Desde 1524, el mismo año en que llegaron, los franciscanos conocieron nuestra región, su espíritu misionero y de conversión los impulsó a fundar las primeras iglesias cristianas, una en San Lorenzo Teocalhueyacan, y otra en San Bartolomé Tenayuca. Un domingo decían misa para los otomíes, y otro domingo para los nahuas dividiendo su labor entre ambos lados.

Los religiosos de San Francisco cumplieron fielmente los lineamientos de convencimiento en todos los lugares; a este impulso misionero lo conocemos como la primera evangelización, que consistía en los siguientes métodos:

La fundación de "doctrinas", es decir, el lugar principal de una región, que generalmente era la cabecera; desde ahí visitaban a los pueblos sujetos que se conocieron como pueblos de visita.

En Teocalhueyacan y Tenayuca debieron haber administrado el bautismo de forma masiva, pues en muy poco tiempo fueron calificados como cristianos todos los tributarios de ambas cabeceras.

 

   
   
 

“Predicando el Evangelio”

Fuente: Tlalnepantla, una región en la historia, Laura Edith Bonilla de León – Rebeca López Mora, pág. 64,
H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz. 1994-1995.

 

 

Los religiosos se prepararon para convertir almas conociendo las lenguas indígenas así en general, conocieron ampliamente el náhuatl, aunque en ocasiones especiales debieron adiestrarse en otras lenguas como el otomí. Esta labor fue ardua pero la llevaron a cabo de manera muy rápida, pues para explotar la doctrina en Tenayuca y Teocalhueyacan, lo hicieron en náhuatl y otomí, de manera bastante aceptable.

En cada lugar principal se debía celebrar la misa en domingos y fiestas de guardar. Tanto en San Lorenzo Como en Tenayuca, reunían muy temprano a los indios en el patio o el atrio de la pequeña iglesia, y una vez reunidos por los indios alguaciles que los recogían de los lugares más cercanos comenzaba la Eucaristía. Si los indios se rehusaban a asistir, tenían el permiso de castigarlos, con azotes o trabajos, pues se les consideraba como niños a quienes debían educar y corregir. Antes de la misa se les predicaba en su lengua natural en voz alta; finalmente, terminando la misa, se les dejaba ir a su casa hacia las nueve de la mañana”

Las bases de la instrucción religiosa eran las oraciones: El Padre Nuestro y el Ave María; los elementos principales de la doctrina se les enseñaba en su idioma, aunque no se les exigía su total "comprensión”, pues tomaban en cuenta lo rápido de su conversación. Es probable que aunque lo supieran repetir, lo entendieran muy poco, pues los misterios de fe cristina eran muy lejanos a los ídolos y ritos a los que estaban acostumbrados. Por ello aunque los religiosos se preciaran del alto número de bautizos, se ocultaba en la nueva fe sus cimientos paganos; la fe no enraizada sería la causa de una unión de ideas aún visibles en los grupos indígenas de nuestro país.

En general, los indios aceptaron los elementos más evidentes de la nueva religión, como la construcción de las grandes iglesias y conventos, las ceremonias, las procesiones, y las imágenes de los santos, que, asimilándolas, las hicieron propias de su idiosincrasia muchos años después. Para los franciscanos, Tenayuca y Teocalhueyacan representaban un problema, pues el hecho de ir un domingo a un lado y otro domingo a otro, era demasiada pérdida de tiempo y esfuerzo. La solución a este problema en la evangelización la tendrían en medio de aquella tierra que unía a ambos lados abriendo la esperanza de unión entre las tribus: era la Tierra de En medio.

LA EVANGELIZACIÓN
Desde los días inmediatamente posteriores a la conquista, los teocallis de Tenochtitlán y Tlatelolco fueron destruidos por los españoles quienes buscaban entre sus muros o bajo sus cimientos oro y joyas.

En pie quedaron los teocallis de Teotihuacán, la pirámide de Tenayuca, la de Cholula, la de Xochicalco, la de los matlatzincas en el Estado de México, la de Tajín en Papantla, la Quemada en Zacatecas y las de Chichén Itzá en Yucatán. Teocallis había en todos los pueblos, pero fueron demolidos para levantar en su lugar y con su mismo material los templos cristianos.

En el mes de noviembre de 1521, escombrado ya el lugar, se dio principio a la planeación de la nueva ciudad que había de ser levantada sobre las ruinas de Tenochtitlán, por haberlo decidido así Hernán Cortes.

El alarife Alonso García Bravo es quien, por encargo de Cortés, realiza la traza de la nueva urbe que en breve será la capital de Nueva España.

Por 1523, después de haber quedado prácticamente borrada la ciudad azteca, la nueva metrópoli avanza en su construcción con enorme rapidez. Tal es la cantidad de esclavos mexicanos que trabajan en la obra, que hace exclamar a fray Toribio de Benavente (Motolinía), que "La séptima plaga fue la edificación de la gran ciudad de México, en la cual, los primeros años, andaba más gente que en la edificación del templo de Jerusalén en tiempos de Salomón".

Trajo Cortés, para construir sus fortalezas, palacios y casas, una enorme cantidad de indios de los pueblos comarcanos. De Texcoco se trajeron albañiles, canteros y carpinteros. Los pobres indios, arrastrando o a cuestas, desde enormes distancias, transportaban toda clase de materiales. Ellos, los que habían construido su gran ciudad y luego la vieran caer muro tras muro, eran ahora los que ponían las primeras piedras de la que más tarde iba a ser llamada Ciudad de los Palacios. Para el año de 1524 era ya la capital de Nueva España una gran ciudad. Alonso García Bravo, su planeador y constructor, está conceptuado por tal razón como el primer director de obras públicas en la ciudad de México.

El año de 1523 llegó a estas tierras el ilustre franciscano fray Pedro de Gante, pariente del Emperador Carlos V. El misionero, antes de lanzarse a la catequizaci6n, se retiró a Texcoco por espacio de tres años para aprender el 'idioma náhuatl y algunas otras lenguas. Logrado su propósito, fundó la escuela de San José de Belén de los Naturales, en un terreno inmediato al que luego ocupó el convento de San Francisco en México.

Un año después de la llegada de Gante a México, o sea en 1524, el rey de España, atendiendo a una solicitud que le hiciera Hernán Cortés, envió doce predicadores franciscanos a evangelizar a los indios de las tierras conquistadas. Fray Martín de Valencia venla corno jefe de aquella misión religiosa.

 

 

 

La hábil política de Cortés comprendió que los misioneros serían sus mejores aliados para consumar la total pacificación de los pueblos ya sometidos, as! como para llevar a cabo nuevas conquistas.

Fray Toribio de Benavente (Motolinía), que era uno de los doce misioneros, maravillado ante las bellezas que descubría en estas tierras, escribe estas líneas en su Historia de los Indios de Nueva España. "Está México todo cercado de montes y tiene una muy hermosa corona de sierras a la redonda de sí, y ella está puesta en medio, lo cual le causa gran hermosura y ornato, y mucha seguridad y fortaleza; y también le viene de aquellas sierras mucho provecho. Tiene muy hermosos montes, los cuales la cercan como un muro... ¡Oh, México, que tales montes te cercan y te coronan!

 

   
 

“Fray Martín de Valencia, encabezando a doce religiosos franciscanos,
desembarca en playas de Veracruz el 13 de mayo de 1524…”

Fuente: Tlalnepantla, Tierra de En medio, Guillermo Padilla Díaz de León, pág. 53, 
H. Ayuntamiento de Tlalnepantla de Baz, Edo. Mex. 1982-1984.

 

 

"...Hay un gran número de pinos, en extremo grandes y derechos; y otros que también los españoles llaman hayas. Hay muchas y muy grandes encinas y madroños y algunos robles. De estas montañas bajan arroyos y ríos (entre ellos el de Tlalnepantla), y en las laderas y bajos salen muchas y muy grandes fuentes. Toda esta agua y más la llovediza hacen una gran laguna, y la ciudad de México está asentada parte dentro de ella y parte a la orilla...

"... La ciudad de Tenochtitlán está rodeada de montes por todos lados ... Por la parte sur tiene montañas muy ásperas, y entre ellas el volcán Popocatépetl... Cerca de esta ciudad hay otras montañas altísimas... Todas estas montañas están cubiertas de nieve la mayor parte del año, y al pie de ellas, de uno y otro lado, hay hermosísimas villas y pueblos. Los otros montes que hay no son muy altos, sino entre monte y llano; y ambos lados de estas sierras se ven cubiertos de espesos bosques de pinos, encinas y robles.

"Al pie de la sierra comienza un lago de agua dulce... es una agua dulce muy buena... y de ahí en adelante toda la otra mitad es de agua salada. En la dulce hay muchos cañaverales y muy lindas poblaciones. El lago dulce es largo y angosto; el salado casi redondo. En esta parte de agua hay ciertos peces pequeños.. . La gente de esta ciudad y su comarca es muy hábil para cualquier cosa, y la de más ingenio e industria que existe en el mundo. Hay entre ellos maestros de toda suerte de oficios, y para hacer cualquier cosa no necesitan más que verla hacer una vez a otro."

Fray Pedro de Gante, refiriéndose a los primeros días de la evangelización, escribe estas líneas en el Convento de México:

"Por ser esta tierra grandísima, poblada de infinita gente, y los frailes que predican, pocos, para enseñar a tanta multitud recogimos en nuestras casas a los hijos de los señores principales para instruirlos en la fe católica, y así después enseñen a sus padres. Aprendieron estos muchachos a leer, escribir, cantar, predicar y celebrar el oficio divino a uso de la iglesia.

"De ellos tengo a mi cargo en esta ciudad de México a unos quinientos o más, porque es cabeza de la tierra. He escogido a unos cincuenta de los más avisados y cada semana les enseño aparte lo que toca hacer o predicar la dominica siguiente...

“Los domingos salen estos muchachos a predicar por la ciudad y toda su comarca, a cuatro, a ocho o diez, a veinte o treinta leguas, anunciando la fe católica y preparando con su doctrina a la gente para recibir el bautismo. Nosotros vamos con ellos a la redonda, destruyendo ídolos y templos por una parte, mientras ellos hacen lo mismo en otra y levantamos iglesias al Dios verdadero."

Fray Pedro de Gante, que aparte de impartir a los indios la enseñanza religiosa, les enseñó canto gregoriano, manejo del órgano, pintura y artes manuales, latín, música y canto, construcción de instrumentos musicales y oficios de escu1tores, talladores, carpinteros, ebanistas y decoradores, se distinguió notablemente como arquitecto, siendo tanto su gusto por edificar, que a él se deben más de cien iglesias de la ciudad de México y sus alrededores, entre las que se cuenta la iglesia de Corpus Christi y el convento de Tlalnepantla.

Motolinía, al recordar los primeros días de la lucha evangelizadora, escribió:

"La novedad de la nueva religión llevaba a muchos indios a los patios de las ermitas e iglesias, en donde estábanse en montoncillos tres o cuatro horas cantando y aprendiendo oraciones: de tal manera que aquellos cantos se escuchaban por sus chozas y por los caminos en donde transitaban. Los primeros pueblos a donde salieron a misionar los franciscanos fueron Tlalnepantla. Cuauhtitlán y Tepotzotlán, en donde residían algunos parientes de Moctezuma, y por respeto a éstos empezaron a enseñar ahí'.

 

TLALNEPANTLA: PUNTO DE UNION Y CONVIVENCIA

El hecho que daría inicio a Tlalnepantla quedaría sellado con la cruz: la idea de conciliar a dos grupos enemigos cristalizó con la construcción del Convento de San Francisco, entre 1554 y 1557. Esta fecha no es precisa, pero se ha hecho el intento de interpretar la inscripción de la puerta norte que dice 7 Calli. Esto es el inicio de Tlalnepantla, aunque su fundación fue religiosa al cabo del tiempo su importancia trascendería a todos los planos de la vida cotidiana.

La erección de Tlalnepantla para construir un gran convento franciscano fue producto de la, gran libertad con la que contaron los religiosos en la obra evangelizadora, lo cual era impulsado por el mismo Rey español que ordenaba lo siguiente a los virreyes, en el año de 1557:

Y daréis orden que se hagan Monasterios en esta tierra en las partes y lugares donde viéredes que conviene sin que necesaria sea licencia y acuerdo del Diocesano..."

Esto fue lo que exactamente ocurrió en Tlalnepantla, y de hecho esta orden era contemporánea a la construcción de la actual catedral: el lugar lo eligieron los frailes, y sin equivocarse, pues aquí realmente confluirían ambas culturas, con el crisol de la religión. Para la construcción cooperaron indios otomíes y tenayucas, por lo cual se consideraba que a cada grupo le correspondía una mitad de la iglesia. Ese hecho quedó de manifiesto para la posteridad cuando observamos dentro del claustro así como en la capilla abierta dos colores en la cantera de la construcción. La cantera rosa fue aportada y trabajada por los tenayucas, mientras que la gris pertenecía a los otomíes.

La obra duró mucho tiempo por ser muy grande el proyecto, y de acuerdo a la inscripción de la puerta lateral, se terminó en 1587. Sin embargo los religiosos seguían atendiendo a los indios, con muchos pueblos de visita y pequeñas ermitas en ellos, y dando misa en la cabecera. Era muy grande el área y muy pocos los religiosos, pues en 1571 contaba con cuatro de los cuales tres eran sacerdotes y uno lego; de los primeros, uno hablaba náhuatl y el otro otomí. 

La evangelización seguía adelante, y contando ya con un gran atrio y además áreas más grandes, los religiosos se empeñaron en la educación de los niños. El Códice Franciscano describe detalladamente el funcionamiento de estas escuelas que existían en todos los monasterios franciscanos:

"... (Las escuelas) comúnmente se suelen edificar dentro del circuito que tienen los frailes y pegadas a la iglesia, a la parte norte. Allí se juntan los niños de los príncipe les, y después que han aprendido la doctrina cristiana. . . luego son enseñados a leer y escribir, y de estos se escogen algunos para cantores de la iglesia, y así de niños aprender a cantar... "

Esto es, el convento Franciscano fue también la primera escuela de nuestra región así como la primera academia de canto. El canto era muy importante para los frailes cuidando siempre que se formaran coros con los indios dando las siguientes instrucciones:

“De estos cantores y tañedores suele haber en cada pueblo a donde residen Religiosos dos capillas para remudarse a semanas. . . . y es cargo de conciencia no darles alguna ayuda de costa con que se puedan sustentar”

En Tlalnepantla se contaba con indios cantores que provenían de Tenayuca; en 1591 se, daba orden para darles la ayuda monetaria de la que hablaba el Códice Franciscano, y les debía pagar el justicia de Tenayuca conforme a la tasación exacta: con esto nos damos cuenta que el arte de nuestra región no sólo venía de las manos, sino también de la voz.

La vida del convento de Corpus Christi seguía en su crecimiento incesante, en el año de 1671 se hablaba de Tenayuca y Tlalnepantla como un sólo pueblo, y San Lorenzo Teocalhueyacan ya casi ni se recordaba. En ese año existían sólo dos religiosos llamados Fray Joseph Camacho y Fray Gaspar de Lara. Aún existían otomíes y nahuas, pues cada padre atendía a un grupo de ' indios. El padre Lara seguiría atendiendo diez años después en la siguiente visita de certificación.

Tlalnepantla seguiría sufriendo un gran problema en este aspecto, pues siendo tantos los pueblos de visita, eran muy pocos los padres: grande la mies y pocos los operarios. Un conteo de personas se hizo el año de 1697, siguiendo la costumbre de clasificar a los fieles por su grupo racial. Así Tlalnepantla contaba con 584 españoles, mestizos y mulatos, y 3,014 indios naturales, esto es un total de 3,698 personas atendidas por religiosos. Tenía 24 pueblos de visita con sus pequeñas capillas, en Monte Alto, Monte Bajo, y del lado de los mexicanos. Otros pueblos de visita no los toma en cuenta Betancourt  porque las ermitas estaban destruidas y olvidadas.

Durante la época colonial las pugnas entre el clero regular y el secular fueron cosas de todos los días: en general, los seculares iban ganando parroquias a los religiosos, y Tlalnepantla no fue la excepción. En un principio los indios apoyaron a los frailes, pues eran éstos los únicos que, con amor de verdaderos padres, los defendían frecuentemente ante los abusos de sus amos; en algunas ocasiones amenazaron con rebelarse:

"Y aunque le instaban, que sería bueno remover a los Religiosos como tan entendido y político decía que él no podía quitar Iglesias ni remover Religiosos, sitio poner Curas y aunque pudiéranlo hiciera, porque los Indios, faltándoles sus Padres espirituales, tendrían sentimiento, de que se podía temer alboroto"

Con el paso de los años la defensa de los indios se olvidó, y la enajenación de conventos resulto ser algo cotidiano en el siglo XVIII. Tlalnepantla pasó al clero secular el 21 de noviembre de 1754, siendo su primer cura el Sr. Lic. Don Antonio de Padilla y Rivadeneira, sacerdote muy preparado en Derecho Canónigo y ministro de la Inquisición. Los discípulos de San Francisco se marcharon y con ello el monasterio pasaría al clero secular, iniciando un nuevo capítulo en la historia de esta localidad.

Con nuevas ideas, los sacerdotes seculares iniciaron devociones que se arraigarían ampliamente entre los tlalnepantlenses de los siglos XVIII y XIX, como el Novenario del Señor de las Misericordias, impuesto desde 1786. Casi desde entonces cinco fueron los ministros encargados de la parroquia de Tlalnepantla, costumbre que perduró hasta después de la independencia.

Por último, hemos de citar la hermosa descripción que Fray Agustín de Betancourt hizo de Tlalnepantla, muy conocida pero que vale la pena volver a citar, exquisita belleza de pureza y frescura, hacia el año de 1697:

"Dos leguas de México tiene un sitio alegre y ameno donde esta un Convento con celdas acomodado y una huerta de arboleda y legumbres abastecida. ..; la media iglesia es de mexicanos, y la otra media es de otomíes, por estar en medio de la tierra  de ambas naciones, que eso quiere decir Tlalnepantla, en medio de la tierra".

 

LA CATEDRAL DE TLALNEPANTLA EN EL TIEMPO Y EN EL ARTE

Entre 1554 y 1557 se construyó la parroquia de Tlalnepantla, sin sospechar siquiera, la importancia que llegaría a tener con el correr de los siglos, en que se convertiría en sede archiepiscopal. Sin embargo, lo que conocemos actualmente como la Iglesia y el claustro sufrieron muchas transformaciones al paso del tiempo, a veces por mejorarlos y otras para rescatarlos de las eventualidades.

   
   
 

“La mitad de la iglesia era de otomíes y la otra de nahuas, hecho evidente en el claustro”

Fuente: Tlalnepantla, una región en la historia, Laura Edith Bonilla de León – Rebeca López Mora, pág. 64,
H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz. 1994-1995.
Foto: Archivo Histórico Municipal de Tlalnepantla de Baz.

 

En general, las construcciones religiosas del virreinato se hicieron con el trabajo de los indígenas, quienes guiados por los padres y alarifes, llevaron a cabo las obras con un sello propio. Esta mano de obra podía ser voluntaria alrededor de los caciques locales, o por reclutamientos forzosos. La parte organizada se ocupaba generalmente para construir las iglesias de cabecera, como en el caso de nuestra catedral; las ermitas de los pueblos de visita casi siempre se hicieron con trabajo voluntario y con organización indígena similar a la prehispánica. Evidentemente las iglesias de doctrina eran las más grandes y cuidadas, y las de pueblos aledaños eran más pequeñas y endebles.

La construcción del templo y convento de Corpus Christi en Tlalnepantla duró muchos años, y de acuerdo a la inscripción de la sacristía, fue terminada en 1582; en la puerta lateral de la iglesia se da también la fecha de terminación hacia 1587. Erróneamente se llegó a pensar que el proyecto de Corpus Christi se debió al Arquitecto Francisco Becerra, pero para esa época él se encontraba en Perú, por lo cual resultaba imposible que hubiera sido el artífice de tal obra; con ello se deja en el anonimato al autor de nuestra catedral.

El estilo arquitectónico corresponde totalmente a la época de su construcción, ya que siendo los franciscanos una orden mendicante que quería regresar a la sencillez cristiana en vida y forma, los conventos de esta época se distinguen por su sobriedad. La puerta tiene un arco de medio punto con una columna en cada lado; su frontón es muy discreto y la ventana del coro es redonda. Cuenta con una sola torre muy grande y fuerte construida en 1704. La puerta nos revela su estilo plateresco con elementos de gran detalle. El claustro del convento es muy típico de esa época, con patio central, y arcadas en todo su perímetro.

En 1666 la iglesia de Corpus Christi, enfrentaría un desastre: un incendio mermaría gran parte de su belleza. Cuentan las historias que la imagen del Señor de las Misericordias salió ilesa de las llamas, y que habiéndose quemado sólo la cruz, el Cristo aparecía con ampollas rojas cual si fuera la piel de un ser vivo. Este hecho fue tomado como milagroso, y un siglo más tarde se instituiría el Novenario a la imagen que venció al fuego.

Probablemente durante muchos años la iglesia permaneció casi igual que como quedó después del siniestro, aunque con los servicios indispensables para el cuidado de las almas. Es hasta 1722 que se planeó su reedificación. El 17 de mayo se dio la orden para que el justicia de Tlalnepantla visitara la parroquia junto con los maestros de arquitectura, con el fin de planear las obras de reconstrucción. El plan se llevó con mucho cuidado: debían revisar dinero y medir el esfuerzo. Casi dos años después, el 22 de enero de 1724, se dio una resolución con base en las opiniones de la junta de hacienda y el contador de los tributos: Los indios aportarían una cuarta parte de sus tributos cotidianos para la construcción, y el encargado de proyectar y dirigir esta empresa sería el maestro de arquitectura Juan Antonio de la Cruz.

La remodelación se llevó a cabo, aunque no sabemos cuánto duró; ya antes mencionamos que la torre se construyó en 1704. En este momento lo que se hizo fue transformar el techo de madera original, y cambiarlo por bóvedas. Con ello, la parroquia adquiriría seguridad y mayor belleza.

Las últimas transformaciones de la catedral ocurrieron en este siglo, en que a pesar de no contar ya con todo el espacio que tuvo durante el virreinato, adquirió prestigio y presencia cuando el 13 de enero de 1964 fue ascendida al rango de diócesis: el obispo ocupó el espacio de quienes comenzaron a sembrar, muchos siglos antes, la semilla del Evangelio. Finalmente, el 23 de agosto de 1989 fue ascendida al nivel de Arquidiócesis, siendo Tlalnepantla un punto de unión no sólo de dos pueblos sino de muchas comunidades más.

 

NUEVA TIERRA, NUEVOS DUEÑOS
La legitimidad de la tierra

La tierra, dentro de la historia de México, ha sido siempre uno de los temas más importantes, porque a su alrededor ha habido desacuerdos y sangrientas luchas. El origen de estos litigios se encuentra frecuentemente en la época colonial. En Tlalnepantla abundaron los terratenientes durante el virreinato, siempre en una tensa relación con los antiguos dueños, los indios.

Con la derrota de México-Tenochtitlán, así como de sus aliados, la Corona española obtuvo una nueva tierra la cual repartió a nuevos dueños.

El documento que validaba la tenencia de la tierra en la colonia, se conoció con el nombre de "Merced".  Una merced se obtenía a petición directa del interesado, y podían ser de varios tipos:

a) Merced para ganado mayor o menor, que se conocían como" sitios de ganado"
b) Merced específica para una actividad, como ingenios azucareros, molinos, ventas, obrajes, etc.
c) Merced para el cultivo, las cuales se daban en unidades llamadas "caballerías".
d) Merced para el uso del agua.

En nuestra región se otorgaron los cuatro tipos de mercedes, pero tal vez las más comunes fueron para la agricultura y para la ganadería.

Aquel que recibía una merced se comprometía a usarla para la actividad que se les señalaba, y no podían venderla durante varios años. Los terrenos se otorgaban en base a "caballerías" que conformaban un paralelogramo, de 1,104 varas de largo por 552 de ancho, que corresponde actualmente a 42.80 hectáreas. Y no sólo se otorgaba una; lo usual fueron mínimo dos y máximo cuatro, con sus excepciones. Los sitios de ganado eran mucho más grandes, y en Tlalnepantla sólo existieron los de ganado menor, es decir, aquellos destinados a las ovejas y  las cabras, su medida era de 780 hectáreas, tenían forma de cuadrado.

El alcalde mayor de cada cabecera era encargado de investigar que nadie reclamara una tierra cuando alguien la solicitaba en merced, esto era el mandamiento acordado. En la misa dominical se comunicaba que la tierra era solicitada por alguien, para que si tenía propietario, no fuera otra vez cedida. Casi siempre se elaboraba un mapa y una descripción de la tierra pretendida, aunque frecuentemente se toman elementos como piedras, bajadas de tierra, arroyuelos, caídas y otros accidentes muy locales.

El mismo alcalde era el que, a nombre del Rey, daba posesión de la tierra al solicitante, a través de un significativo acto en donde arrancaba un pedazo de yerba y gritaba !Viva el Rey! Así quedaba bien claro que el soberano Español era el que cedía la tierra.

Los españoles fueron, evidentemente, los más beneficiados en la cesión de mercedes; los indios, sobre todo de la nobleza, también las recibieron en el primer siglo de la colonia, demostrando la posesión a través de sus antepasados. Por último, las comunidades, indígenas se beneficiaron de mercedes para el bien común, recibiendo lo que se conocía como el fundo legal.

La tierra de Tlalnepantla resultó muy atractiva para los españoles, dada su cercanía con la capital; además tenía abundante agua con el Río de Tlalnepantla y sus afluentes; y por último, su riqueza propia con los bosques y los pastos fomentó que la solicitud de mercedes fuera grande. Para los españoles, la tenencia de la tierra no era tan sólo una cuestión económica; era, ante todo, una cuestión de prestigio, pues aquel que recibía una merced obtenía presencia social.

Dentro del ramo de Mercedes en el Archivo General de la Nación, existen muchos documentos de peticiones y dotaciones de tierra en Tlalnepantla, Tenayuca y Teocalhueyacan. En total se han encontrado 101 peticiones, de las cuales 46 fueron cedidas. Sin embargo, muchas se llegaron a conceder aunque no tengamos el documento que lo confirme; pero luego se les mencionaba como terratenientes en documentos diversos.

Son tantos los nombres de personas que recibieron mercedes, que tan sólo nos limitaremos a mencionar los casos más interesantes.

El terrateniente más antiguo de nuestra región, de-acuerdo a los documentos, fue Bernardino Vázquez de Tapia; en 1544 obtuvo la merced real de la estancia de los Cerros, que se encontraba en Tenayuca. Sin embargo, Vázquez de Tapia había tenido esa estancia de hacía 15 años, es decir, desde 1529. Este es uno de los distinguidos habitantes de nuestra región, pues vino con Cortés y fue uno de los españoles que participaron en todos los eventos de la conquista. Después de 1521 llegó a ser factor real regidor de la Villa Rica de la Vera Cruz, alcalde regidor de la ciudad de México, y participó en la traza y ordenación de la capital junto con el alarife,  Alonso Garda Bravo. Entre 1528 y 1529 recibió en regimiento perpetuo del Ayuntamiento de la ciudad. Tal vez esto lo inclinó a buscar tierras cercanas a la capital, dirigiendo su mirada a Tenayuca. Aunque era también encomendero de Churubusco,  Carrestitlán y Cuametitlán en Zumpango, su explotación ganadera nunca la abandonó, todo lo cual lo encumbrada corno una persona muy rica y prominente en esa incipiente sociedad novohispana.'

Hasta 1564 tenemos muy pocos documentos de beneficiados por mercedes. Pero a partir de 1565 la otorgación comienza a crecer; así distinguiremos dos épocas importantes en la, petición de mercedes: la primera va de 1565 a 1599, en donde se concedieron 26 mercedes de 38 que se pidieron a la corona. Entre estos primeros terratenientes podemos mencionar algunos casos interesantes: las mercedes casi siempre abarcaban desde 1/2 caballería (21.40 ha.) hasta 2 caballerías (85.60 hectáreas.) En 1565 Antonio de Nava recibió una cantidad más grande, pues se trataba de un sitio de ganado menor, es decir, 780.27 ha., y además 2 caballerías; todo esto lo hacia uno de los más grandes poseedores de tierras de esa época, con un total de 865.87 hectáreas.

Entre los primeros habitantes de nuestra región nos encontramos con dos personajes que heredaron su nombre para la posteridad; uno de ellos es don Antonio de Vallejo; quien en el año de 1564 recibió una merced para la labor de tierra (agricultura); junto a unas tierras que ya le pertenecían desde antes. Esta tierra estaba en Tenayuca y podemos asegurar que se encontraban cerca de la avenida que actualmente lleva su nombre. El otro personaje del que tenemos noticia es de don Diego de Barrientos, quien tenía tierras por el camino a Cuautitlán: así que podemos pensar que la zona.de nuestro municipio conocida como Barrientos fue en tiempos muy antiguos, parte de su propiedad. No tenemos el documento en donde recibe la merced de su ti erra pero sabemos que en 1606 tenía tierras y vivía aún.

El segundo período de otorgación de mercedes va del año 1600 a 1619, en el que encontramos 31 peticiones, aunque sólo 15 cesiones. Sin embargo, tenemos la certeza de que la mayoría de ellas fue otorgada, debido a que en documentos posteriores nos encontramos con los nombres de los que pidieron como legítimos propietarios. Otro elemento importante es que el período anterior la mayoría de cesiones fue de 2 caballerías de tierra; pero en éste existen muchos casos con 3, 4 y hasta 5 caballerías.

Los años con mayores otorgaciones fueron los de 1600 y 1612 con 7 mercedes cada uno.

En 1603 tenemos la petición de Diego de Correa para que la Corona le conceda cambiar la actividad de sus tierras, de ganadería menor a cultivo de trigo, lo cual nos indica que ya tenía una merced anterior. Pero desde 1600 tenían tierras que se consideraban muy importantes, merced que había recibido por Don Luis de Velasco, virrey de la Nueva España. En ese año se quejaba de los abusos que sufría en su territorio y de los daños a la naturaleza:

"…que algunas personas por agraviarle y molestarle se meten a sus tierras y sitio de estancia, a salarlas y cortar los árboles y encinas, y demás cosas que tienen en ellas para el alivio y beneficio de la dicha su hacienda…"

Este tipo de apropiaciones y malos tratos fue muy frecuente en esta época, pues la disminución de los indios era muy grande y el número de personas interesadas en tierras para cultivo, iba en aumento: así, la tierra se convertiría poco a poco, en la fuente de la riqueza.

Otro caso interesante es el de Cristóbal de Sotelo Moctezuma, quien en 1606 recibió la merced de trabajar una estancia para extraer salinas, tierra que había sido de sus suegros. Pero este caso no sólo es interesante por la actividad, única de Tlalnepantla, sino porque además era bisnieto de Leonor Moctezuma, la otra hija del emperador Moctezuma Xocoyotzin, quien junto con su hermana Isabel, recibiera muchos beneficios de las manos de Hernán Cortés. Así, tenemos un sucesor en línea directa del gran señor mexica, y miembro de una de las familias indígenas con mayor nobleza de los primeros años coloniales.

Aunque existen infinidad de datos de beneficiarios de mercedes, sería imposible abarcar todas en este estudio. Pero, hemos de mencionar que así como hubo quienes recibieron las mercedes que pidieron, hubo 6 casos en 1613 en que la Corona decidió retirarles las tierras. El motivo de un caso tan inusitado fue que los indios de Tenayuca levantaron ante las autoridades,  una protesta porque les invadieron sus tierras. La Corona investigó su caso, fallando a favor de los indios, hecho bastante singular en una época en que el interés blanco se imponía sobre los demás. Entre las personas que fueron castigadas con el retiro de la merced se encontraban algunas personas que no tenían tierras, como Pedro de la Cueva Alfaro, o Pedro Marín, también García López de Espinal que era corregidor. Así, la justicia le dio la razón al más desamparado.

Una familia destacada en ambos períodos de otorgación de mercedes fue la que tuvo como cabeza al conquistador Andrés de Tapia. Este capitán participó a lado de Cortés en la conquista de México, considerándolo como una de las personas de mayor confianza. Ganada la capital mexica, siguió activo en las expediciones a otros lugares, y él mismo acompañó a Cortés a España. Fue en comendero de algunos pueblos en Veracruz, lo cual probablemente no era suficiente para su inquieto espíritu; por eso obtuvo tierras en Tenayuca desde tiempos muy antiguos, aunque no sabemos la fecha exacta. "No sabemos cuando murió, tal vez a mediados del siglo XVI, pero su hijo Cristóbal de Tapia, heredaría sus posesiones. De él se tienen muchas noticias en Tenayuca, pues fue alcalde de 1581 a 1584, tenía una estancia llamada de Buenavista y fue uno de los terratenientes con más riqueza y prestigio de nuestra región. Por muchos años su situación no cambió, y su hijo Andrés de Tapia y Sosa compartía las responsabilidades de su gran riqueza. Este Andrés de Tapia y Sosa debió haber sido sobrino del encomendero de Tenayuca, Alonso de Sosa. En 1606 padre e hijo decidieron vender 3 caballerías de su merced, con lo cual probablemente comenzó su salida de Tenayuca. No sabemos en qué año murió Cristóbal de Tapia. Mariana casada con Andrés de Ferrer dio el golpe final a la presencia de su familia en Tenayuca, decidiendo vender su hacienda de labor al fiscal del santo oficio de la Inquisición, el Dr. Marcos de Bohórquez. Como un hecho curioso, y para terminar la historia de los Tapia, hemos de mencionar que esta tierra tuvo otros dos dueños que compraron sucesivamente la propiedad, como si ésta se negara a tener otros señores que no fuera n los de la distinguida familia Tapia.

Estas fueron las primeras mercedes de Tlalnepantla, muchas de las cuales irían creciendo hasta formar propiedades más grandes a partí r del siglo XVI: así pues, las mercedes daban legitimidad a las propiedades, y éstas daban el prestigio a las personas.

LA TIERRA DE LOS INDIOS

Los indios también tuvieron tierras como los españoles, ya sea a nivel particular, o como comunidades enteras. Sin embargo, durante todo el período colonial sus tierras se vieron amenazadas o invadidas por los españoles y criollos, quienes deseosos de aumentar sus propiedades, se lanzaron sobre aquellos que eran más indefensos. Este tipo de abusos dieron origen a las grandes haciendas, de las cuales se hablará en su momento.

Existen varios tipos de propiedad entre los indios: los caciques fueron los primeros que confirmaron sus propiedades frente a los conquistadores, al demostrar que sus tierras las habían heredado de sus ancestros. La confirmación legal les daba casas y tierras en que apoyaban su cacicazgo en las localidades. En Tlalnepantla conocemos el caso de Juan de la Cruz y Pascuala Cecilia, indios caciques quienes tenían tierras hasta 1720, en que por muerte sus descendientes pidieron su asignación: una de las hijas llamada Francisca María había despojado a sus hermanos Juana María y Mateo Antonio. Más no sólo la justificación histórica les dio tierras a los indios caciques, y que éstos, hispanizados, también pidieron mercedes a la manera de los blancos.

Otro tipo de tierras que tenían los indios era la destinada a la explotación común: éstas generalmente se destinaban para la agricultura o la ganadería. Sin embargo, este tipo de propiedad fue la que más pronto resintió el devastador avance del español, y esto queda de manifiesto al observar la multitud de quejas de las comunidades frente a sus vecinos”

 

   
   
 

“La vara de mando que da el español a los alcaldes indígenas”
Códice Osuna

Fuente: Tlalnepantla, una región en la historia, Laura Edith Bonilla de León – Rebeca López Mora, pág. 55,
H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz. 1994-1995.

 

Las tierras comunales de Tlalnepantla se destinaban para el cultivo de maíz en 1581 y su producto se repartía entre gobernadores alcaldes y regidores del mismo pueblo; así, las tierras comunales se trabajan para dar su sueldo y beneficio a los gobernadores y demás servidores públicos, costumbre que venía desde tiempos precortesianos.

Además, los pueblos indígenas contaron con tierras propias de las casas y habitaciones dentro de la localidad, para los pobladores, y tierras baldías como montes, bosques, zacatales y áreas de beneficio común. De este tipo de tierras ya habíamos hablado antes, de donde obtenían los indios la leña y carbón.

Como ya se vio, las mercedes de españoles se difundieron rápidamente en los pueblos aledaños de la ciudad de México, y Tenayuca fue uno de ellos. Los indios se quejaban de no tener tierras para cosechar y para pastizales porque se encontraban rodeados y absorbidos por los españoles, razón por la cual preferían emigrar a otras regiones, triste destino para los descendientes del gran Xólotl. Un efecto igual de contundente tuvieron las mercedes españolas que colindaban con las tierras de los indios: como hemos visto, no sólo la tierra en Tlalnepantla se dedicó al cultivo, sino que cedieron muchos sitios de ganado menor que constituía unidades productivas básicas para la alimentación de la población blanca. Pero este ganado con mucha frecuencia invadía las tierras de sus vecinos indios que se encontraban en barbecho o baldías, acción que apoyaba la Ley Mesta referente a la ganadería y a su comercialización. Así se tienen noticias de los dueños en la tierra de los indios en Teocalhueyacan, en 1563, en Tenayuca hacia 1570, y en Tlalnepantla por el año de 1582.

Una de las más importantes formas de tenencia indígena la constituía la tierra de los macehuales, es decir, del común del pueblo. Los indios la llamaban calpulalli porque una familia la explotaba, es decir, beneficiaba a un solo calpulli. Pero los españoles denominaron a este segmento de tierra como milpa; finalmente generalizaron este término para definir cualquier tipo de propiedad indígena. Era una tierra heredable, que el cabeza de familia tenía el derecho de usar, pero no era una propiedad privada; en caso de no trabajarla se le podía retirar y se volvía a asignar. En algunos casos se vendía, aunque esto era una acción ilegal. De este tipo de tierra tenemos muchas noticias en Tlalnepantla; por los documentos podemos afirmar que en la mayoría de los casos se destinaban para producir magueyes de los cuales se obtenían infinidad de productos. También nos percatamos del elevado número de mujeres indias que poseían este tipo de tierras: por ejemplo Francisca Mónica en 1591 heredó la tierra de su difunto esposo, en la cual tenía magueyales. Otro caso interesante es el de Leonor Cayetana, quien vivía en el pueblo de Santa María Coatepec, y disputaba con otra india llamada María Inés, la propiedad de unas tierras en e! añade 1763; por último la india Pascuala de la Cruz emprendía litigio contra Nicolás Santiago cuando éste pretendía quitarles sus propiedades. Estas eran casas, tierras, y magueyales, los cuales probablemente la hacían tener una posición superior a otras indias de este año de 1704.

Con el paso del tiempo muchas de estas milpas se legitimaron también a través de mercedes, con lo cual se imponía cada vez más el sistema español sobre el indígena.

La tierra de los indios a pesar de todo, seguiría disminuyendo así como las haciendas crecían, por lo que los indios tan sólo poseían tierras muy pequeñas. Este tipo de apropiaciones legales o ilegales se vería reforza.do con la baja de población indígena, que moría alarmantemente ante epidemias y desnutrición. Estos hechos también se sufrieron en Tlalnepantla, lo cual llevó a las autoridades de tornar medidas muy fuertes, y su cristalización recibió el nombre de congregaciones.

 

INDIOS CONGREGADOS, TIERRAS PARA REPARTIR

Los terribles efectos de la conquista fueron siendo más evidentes conforme pasaron los años. Los indios murieron masivamente: dejando sus pueblos casi vacíos; éste constituía un problema importante para la Corona, pues además de que no tenía control sobre sus tributos, perdía contacto con los indios retrasando así su hispanización.

Al final del siglo XVI, cuando las mayores epidemias habían disminuido la población, se procedió a hacer una reunión en algunos pueblos predeterminados, lugares que se llamaron Congregación, entre las que destacó Tlalnepantla.

Antes de proceder a realizar una congregación, las autoridades investigaban detenidamente los lugares por desocupar, y los que se iban a concentrar: hablamos, pues, de migraciones forzadas en donde los indios abandonaban los pueblos sujetos, principalmente de los lejanos, para dirigirse a las cabeceras y aunque se suponla que conservaban sus tierras Si quedaban cerca de su nuevo pueblo, o se les darían nuevas a cambio, generalmente esto no sucedía. En realidad, las tierras que dejaban fueron aprovechadas por los españoles para pedir nuevas mercedes.

En 1593 se dio el primer exhorto para hacer una congregación en Tlalnepantla. Se le daba facultad a los alcaides para que, con su vara de justicia, invitaran a los indios a congregarse en sus estancias y barrios: es decir, este primer llamado pretendía reunir en las comunidades más grandes, a los indios dispersos, y no sólo en las cabeceras. En ese mismo año se dio el nombramiento necesario a la india Gaspara de Averuses, para que visitara a los naturales de Tenayuca y Tlalnepantla, y los invitase a la congregación; además la acompañaría el padre Fray Andrés, de los franciscanos de Corpus Christi, para respaldarla y vigilar el orden. Esta nueva invitación domiciliaria debería tener una mayor fuerza de convencimiento por venir de una india y de un ministro religioso: pero veremos que no lo lograron, en vez de reunirse, muchos indios prefirieron huir.

La idea de la congregación tenía varias justificaciones bastante válidas como "la enseñanza del cristianismo, la promoción de una vida indígena ordenada y la protección de los indios bajo el derecho español". Pero ciertamente algo sucedía y no se llevaba a cabo tal y como idealmente se había planteado, pues los indios se rebelaron ante esa medida. En esos años trascendió el desesperado caso de un indio otomí que vivía en las vertientes de las sierras de México, y aunque Torquemada en su Monarquía Indiana no menciona el pueblo, nada raro sería que se tratara de Teocalhueyacan, pues estaba cerca de cerros, en parte más al norte del Valle, y porque se menciona que ahí se hizo una de las primeras congregaciones bajo el mando del Virrey Luis de Velasco. El dramatismo es terrible, por lo que preferimos hacer la cita textual de la narración:

"Sucedió. . . que un Indio casado, viendo que lo quitaban de su pueblo, por pasarlo a otro, y que le enajenaban de su Casa, Tierras, Arbolillos Magueyes (que es lo que sobre manera estiman) y que lo llevaban a donde el mismo había de hacer su casilla, y en sitio, y puesto raso, y limpio de las casillas, que en la otra parte dexaba, ... desesperado de la vida, fue a su casa y mató a su mujer, e hijos, y todas las cosas vivas, que había en ella, y quemó sus Alhajuelas (que eran muy pocas), y luego él mismo se ahorcó, diciendo: que aquel era el último remedio de tan mala vida".

No todos debieron haber reaccionado de esa fatal manera, pero probablemente sí les provocó gran tristeza y un sentimiento de desarraigo.

Por eso, un año después de la congregación en 1594, se comisionó a Pedro Jiménez, alcalde indio de los otomíes de Tlalnepantla, para que recogiera a los naturales que se hubiesen ido por la congregación. También se hacía extensiva esta orden a todos los alcaldes de Tlalnepantla

Podíamos cuestionamos, ¿Por qué los caciques indios sí apoyaban la congregación, y los macehuales, gente común del pueblo, se oponían y preferían huir? Pues seguramente veían aumentar su poder con esta medida, beneficiándose no económicamente, pero si en prestigio y presencia entre su pueblo.

Esta época debió haber sido de muchas amarguras para los indios, pues casi intrínseco a su naturaleza, se encuentra su tradicional apego a la tierra. Además los lugares a los que llegaban no tenían las características físicas a las que estaban acostumbradas, y de él lo nos habla Torquemada también:

"fue cosa de lástima, a ver en algunas partes arrancar de cuajo a los Indios, y llevarlos a otras, donde apenas tenían una Ramada donde meterse… y los llevaban como perros por delante, llorando y por fuerza... no eran oídos, y si callaban, tratábanlos como a Bestias”.

Pero para los españoles, la visión era otra, pues con indios congregados, había tierras para repartir. Esta apropiación no fue propiciada por la Corona, pues ésta dio nuevas legislaciones virreinales para asignar a los indios sus nuevas tierras comunales, o ejidos. Este recibió el nombre de "fundo legal", y debían tener una extensión de 500 varas desde el pueblo hacia las afueras, es decir, más de 84 hectáreas, lo cual era realmente poco, tomando en cuenta que frecuentemente sufrían apropiaciones indebidas. Luego se aumentaría a 600 varas, es decir, casi 101 hectáreas.

En Tlalnepantla, las tierras deshabitadas por la Congregación, fueron concedidas en mercedes a los españoles, y de esto tenemos certeza si recordamos que el mayor número de beneficios territoriales se presentó cuando comenzó el siglo XVII; por ello, consolidada la congregación, la Corona repartió las tierras y los más favorecidos fueron también los más poderosos.

Las congregaciones se siguieron llevando a cabo durante el siglo XVII, en aquellos lugares en donde era necesario a juicio de los comisarios. Uno de estos pueblos fue el de la Transfiguración, o la Resurrección del Monte, que fue fundado en 1667, y después se congregó a los indios que vivían de manera salvaje, cerca de este lugar. Aunque se les asignó como parte de su fondo legal un cerro para su beneficio, españoles alegaban que no les pertenecía; por lo cual enfrentaban indios y españoles un litigio en 1693. Las discusiones se largaron por muchos años: a veces sus tierras fueron definitivamente invalidadas, como en 1744 por el receptor Manuel Antonio Grosso, dueño de la hacienda La Blanca. Finalmente esas tierras se le dieron por ser legítimo su reclamo al representante del pueblo vecino de los Santos Lugares, de quienes era ese ejido de manera comprobada.

Este caso es sólo un ejemplo de lo que suscitó la congregación de Tlalnepantla: la ambición creció entre los terratenientes, presentándose desde finales del siglo XVI y el siglo XVII el acaparamiento de propiedades en pocas manos.

MUCHA TIERRA EN POCAS MANOS

Las personas beneficiadas con mercedes reales no siempre quedaban satisfechas con tierra que tenían; la forma en que usualmente aumentaban su posesión rebasaba los límites de la legalidad. En efecto, durante la segunda mitad del siglo XVI y a principios del XVII, la concentración de la tierra en pocas manos comenzó a generalizarse, siendo los indígenas y los propietarios pobres las únicas víctimas de estos hechos.

Existían varias formas para tomar las tierras de los indios, la primera era la compra, que no siempre era algo que desearan los indígenas, sino que se les presionaba para vender. La segunda forma era la ventaja que tenían los encomenderos para pedir tierra sobre su propia encomienda, lo cual ya hemos visto antes.

En Tlalnepantla conocemos un caso de mucha tierra en manos de un sólo propietario, del cual vamos a hablar a continuación. Antes hay que decir que éstos hechos son parte también de nuestra historia, y de ninguna manera queremos convertirnos en jueces: es tan sólo el reflejo de una época, una realidad que se vivía.

El Dr. Diego García Palacios era oidor de la Audiencia de México cuando pidió tierras al virrey, en un principio tan sólo 3/4 de caballería de tierra, esto es 32.09 hectáreas. Su tierra estaba en la zona de Teocalhueyacan y aunque no sabemos desde qué año estuvo en Tlalnepantla, debió  de haber sido por 1570. Muy pronto el Dr. Palacios vio con codicia la tierra de los indios, y comenzó a presionarlos por las noches con medidas de terror, para que durante el día les ofreciera dinero a cambio de sus tierras. El año de 1581 su hijo Lope García de Palacios recibió merced de 2 1/2 caballerías de tierra, y esto aumentaba la tierra familiar. Ese mismo año, por influencias, logró que se le negará una caballería de tierra a Juan de Rivas porque ésta era de indios, pero el Dr. Diego García de Palacios sí la obtuvo, acumulando más tierra al obtener esa misma merced poco tiempo después.

Pero las presiones sobre los indios seguían adelante, en San Lorenzo, por ejemplo, arrancaba los magueyes de los indios, y después los amenazaba con malos tratos si no le vendían sus tierras; cuando éstos accedían, su situación era tan precaria que aceptaban cualquier pago a cambio de verse libres del oidor Palacios.

Estos medios de presión lo llevaron a tener en sus manos mucha tierra ya sea a su nombre, o al de su hijo Lope García de Palacios o de su hermano, el Capitán Lope García de Palacios. Sus posesiones podían dividirse en 3 grandes terrenos;' uno en el pueblo de San Francisco Tizapán, que obtuvo a precios muy bajos de algunos indios principales; otro en San Lorenzo Teocalhueyacan, que era de su hijo Lope García, una tercera parte en el pueblo de San Mateo, en donde fincó casas y corrales, y dio a su hermano el Capitán Lope García de Palacios. Esta última posesión logró hacerla progresar recibiendo más indios de los que por derecho le daba el juez repartidor de Tacuba.

Los indios de Tlalnepantla, tradicionalmente unidos a su tierra, suplicaron en varias ocasiones la devolución de su heredad, y un día fueron muchos indios, e indias viejas con niños a quejarse de los malos tratos de los mayordomos del Dr. Palacios, quien arteramente les había arrebatado su tierra. Pero era lógico que a los oídos del Dr. Palacios no penetraran tan amargas quejas. Por fortuna, quien sí escucho esto fue la Real Audiencia de México, encargada de impartir  justicia. Y en este sonado caso, su acción no se hizo esperar, remitiendo las quejas de los indios y las pruebas de su situación al Real Consejo de Indios, máxima autoridad real en cuestiones judiciales.

El Dr. Diego García de Palacios fue juzgado el año de 1586, y fue encontrado culpable de despojar a los indios de sus tierras. El oidor había acumulado la fabulosa cantidad de 13 caballerías de tierra; es decir 556.24 hectáreas. Su castigo fue muy fuerte, tanto en prestigio como en dinero. Se le suspendió del oficio de oidor por 6 años, y se le dio una pena de 4,000 ducados, que debían ser aprovechados de la siguiente manera: la mitad de ese dinero para la cámara del Rey y gastos del Consejo, la otra mitad se destinaría para pagar a los indios lo que el Doctor les quedó a deber por el poco pago que les daba. El último castigo que se le impuso tanto a él como a su hermano e hijo fue devolver a los indios todas sus tierras. Sin embargo, esto no logró ejecutarse del todo, porque se ampararon ante tales medidas.

Lo más importante de éste caso es el retrato que nos presenta de esta época, llena de inseguridad y apropiación, de acumulación y despojo. Pero que finalmente pusiera las bases de la estructura que dominaría los siguientes siglos del virreinato: la hacienda. Esta acumulación sería el primer paso de la formación de las haciendas y ranchos, que serían tan característicos de la época colonial.

EL PRIMER CARRETERO DE AMÉRICA

En 1523, siendo un mozo de veinte años, llegó a Nueva España Sebastián de Aparicio Prado, quien había nacido en La Gudiña, provincia de Galicia, España, el 20 de enero de 1502. Ya aquí, se radicó en Puebla de los Ángeles, donde primero fue labrador y después arriero, trabajo este último que le permitió recorrer los caminos de herradura de sus antecesores españoles, así como las antiquísimas veredas indias, abiertas en selvas, montes y llanuras.

Movido a compasión Sebastián ante el trato que los conquistadores daban a los indios "tamemes", utilizándolos como bestias de carga, concibió la idea de construir carretas a la manera de las de su tierra, con el fin de quitar el fardo de las espaldas de los naturales.

Bajo la dirección de Aparicio, un antiguo soldado español llamado Miguel Casado, de oficio carpintero, labró la madera con la cual se construyó el primer transporte sobre ruedas que se conoció en estas tierras. Luego aprovechando Sebastián su extraordinaria fuerza física se dedicó a domar novillos para uncirlos a sus carretas.

"Hizo carretas y puso en yugo novillos con gran admiración de los indios" , escribe Cuevas en Historia de la Iglesia en México.

En 1535 transformó en camino carretero las brechas que Cortés mandara abrir entre México y Puebla y entre Puebla y Veracruz.

En 1524 inicia la construcción del camino carretero de México a Zacatecas, el cual partió a de la capital, pasando por Tacuba, para continuar por  Azcapotzalco, Tlalnepantla, Barrientos, Cuautitlán, San Juan del Río, Querétaro, San Miguel el Grande (actualmente de Allende), El Tropezón, y finalmente Zacatecas, al pie mismo del Cerro de la Bufa.

Sobre aquellos hechos escribe el propio P. Cuevas lo siguiente:

"En 1542 pasó Sebastián a descubrir y dirigir la construcción del camino carretero de México a Zacatecas; y esto con el enorme mérito de ser entonces aquellos caminos los más asaltados por los chichimecas y tzacatecas, que eran la gente más bárbara del mundo".  No obstante ello, Sebastián supo conquistar la cordial amistad de esas valientes y fieras tribus.

¡Ya podía transportarse el pesado metal de aquellas minas hasta la capital mexicana, en carretas de tracción animal y no a lomo de infelices indios!

Dieciocho años ejerció Sebastián el oficio de carretero, logrando reunir un estimable capital que le permitía llevar a cabo constantes obras humanitarias. Tras de aquel tiempo, vendió carros y bueyes para adquirir una hacienda en Tlalnepantla y otra en Azcapotzalco. La primera la dedicó a la agricultura y la segunda a la ganadería.  Esta última era la hacienda de Careaga, después llamada El Rosario. En ellas trabajó intensamente por espacio de veinte años, de 1552 a 1572, llegando a amasar una gran fortuna.

Una pintura de Miguel Jerónimo Zendejas, existente en el templo de San Francisco en Puebla, representa a Sebastián de Aparicio luchando con un toro bravo en la época en que habitó en su hacienda de Tlalnepantla. El cuadro tiene una leyenda que textualmente dice:

"Tenía nuestro santo una hacienda en Tlalnepantla, y para evitar que animales extraños maltrataran por la noche los sembrados, acostumbraba hacer a caballo una ronda a altas horas de la noche. Cierta vez se encuentra frente a frente con un toro, que furiosamente arremete contra él; Aparicio, que era sumamente fuerte y muy diestro en el trato con esta clase de bestias, se apeó del caballo y, tomando por las astas al toro, luchó con él por espacio de dos horas, pues si el animal vencía había el peligro de que penetrase en el pueblo y ocasionara muchas desgracias. A esa misma hora los frailes del convento de Tlalnepantla estaban en oración, y uno de ellos, el P. Juan Bautista de Lagunas, recibió en forma de revelación o presentimiento el duro trance en que se hallaba Sebastián, por lo cual se levantó a comunicárselo al P. Guardián del convento, diciéndole: «Padre, vamos a favorecer a nuestro buen vecino y hermano Sebastián de Aparicio a quien el demonio tiene muy afligido en estos momentos; si no acudimos luego, podrá ser gravemente maltrecho. Los religiosos se encaminaron presurosos a dar auxilio a Aparicio; más cuando llegaron al lugar de la lucha éste ya se aprestaba a dar gracias a Dios por la victoria obtenida. Sebastián se admiró mucho de que los frailes se hubiesen enterado de lo que le acontecía, entonces fue llevado al convento de Corpus Christi, donde lo atendieron y reanimaron."

 

 

“Sebastián de Aparicio luchando con un toro bravo en su hacienda de Tlalnepantla (1557). Pintura de Miguel Jerónimo Zendejas, existente en el templo de San Francisco en Puebla, Puebla.

Fuente: Tlalnepantla, Tierra de En medio, Guillermo Padilla Díaz de León, pág. 73, 
H. Ayuntamiento de Tlalnepantla de Baz, Edo. Mex. 1982-1984.

   
 

 

 

Sebastián casó dos veces, la primera en Tacuba, a la edad de sesenta años. Poco después enviudó. Su segundo matrimonio lo celebró dos años más tarde en Tlalnepantla, volviendo muy pronto a enviudar. Cuenta la tradición que Aparicio guardó completa castidad en sus dos matrimonios, por  lo cual no dejó descendencia.

Tenía 72 años de edad y una cuantiosa fortuna amasada desde los tiempos en que fuera empresario de una flota de carretas transportando mercancías de Veracruz, y plata de Zacatecas; más tarde aumentada en su época de agricultor y ganadero. Fue entonces cuando decidió abandonar el mundo para recluirse en el seno de la Orden Franciscana. Luego de meditarlo profundamente, consultó con sus padres confesores del convento de Tlalnepantla, quienes le aconsejaron que antes de retirarse a la vida monástica, cediera sus caudales al convento de las Clarisas de México, que se encontraban padeciendo muy grandes estrecheces económicas.

Aparicio así lo hizo, legando todos sus bienes en favor de las monjas clarisas, favoreciendo con ello la cimentación de una Orden que a punto estaba de ser suprimida.

Ya sin cosa alguna sobre la tierra, Sebastián fue enviado por el Guardián de Tlalnepantla al convento de Santa Clara, de México, en calidad de mandadero y sacristán. Poco después fue admitido como hermano lego en la Orden de Frailes en el convento de San Francisco de la propia ciudad, donde profesó el 13 de junio de 1575.

Dos años más tarde ingresó en el convento de San Francisco, en Puebla, donde pasó veintitrés años sirviendo con la misma humildad y derramando bondad sin límites, hasta el año de 1600 en que dejó este mundo. Su cuerpo, momificado e incorrupto, se conserva en una capilla del templo de San Francisco en Puebla de los Ángeles.

A Sebastián de Aparicio, por redimir al "tameme" de su calidad de bestia a que lo había rebajado el conquistador; por abrir caminos al progreso de México y por toda su altruista existencia, se le ha llamado el "Santo de las carretas" el "Primer carretero de América" y " Benemérito de México".

Justo es consignar aquí a Fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México y con nombramiento de Protector de los indios quien hizo traer de España los asnos en 1529, a fin de que los naturales no siguieran siendo utilizados como tales.

AGUA PARA LA VIRGEN: EL RIO DE TLALNEPANTLA
El alimento de la tierra

Como hemos visto, la región de Tlalnepantla en la época virreinal, se dedicó esencialmente a la agricultura, y en especial, al cultivo del trigo. Este era el cereal más importante dentro de la dieta de los españoles. Pero el hecho de que la tierra de Tlalnepantla se dedicara al trigo también se debió a sus propios recursos naturales, pues contaba con ríos y afluentes indispensables para su cultivo. Estos mismos cauces hidráulicos accionaban los molinos para procesar la cosecha de grano. Así nos encontramos con que dentro de las mercedes reales con que era otorgada una tierra, también se daba el uso del agua.

Los ríos de nuestra región, que nutrieron por siglos a la tierra de las haciendas, eran el río de San Javier, el río de los Remedios, y el de Tlalnepantla, el cual por los documentos, creemos que fue el más importante. Estos ríos tienen muchos arroyos de menor caudal, siendo el afluente más importante del río Tlalnepantla, el conocido con el nombre de Tepetlaxco.

El uso del agua fue muy importante en una época en que la principal actividad era la agricultura; esto provocó frecuentes enfrentamientos entre los dueños de haciendas y ranchos, quienes no siempre estaban conformes con el volumen que se les asignaba del vital líquido. Para poder repartir el agua, se procedía a construir un partidor y caja de agua, el cual dejaba pasar una cantidad determinada y regulaba la salida por compuertas. Se usaba cal y canto, dejando algunos orificios para el uso en la tierra, y necesitaba de la asesoría de un técnico especializado.

Tenemos muchas noticias de mercedes en donde se pide simplemente agua para el riego, como Felipe de Vargas, en 1601; también se podía solicitar el agua que sobraba de algún partidor, si es que no la aprovechaba alguno de aquellos que ya tenían mercedes. Es el caso del Dr. Gonzalo Marcos de Bohórquez, Fiscal del Santo Oficio de la Inquisición, quien en 1603 había comprado las tierras que pertenecieron a Andrés de Tapia y Sosa; esta persona pidió el agua sobrante del río de Tlalnepantla y del de Tacuba, para beneficio de sus tierras en Tenayuca.

Las haciendas poderosas generalmente fueron las que tuvieron un mejor riego, pues esto además de aumentar la producción, elevaba el precio de la misma tierra, la cual era preparada con surcos y canales. Una de estas haciendas fue la de Santa Mónica, quien en 1692, teniendo como dueño a Blas Mejía, obtuvo el permiso de construir 6 surcos más de agua del río de Tlalnepantla, para su propia hacienda, y también para el beneficio de los pueblos de Santa María Zacualoya y Santa María de los Solares.

Las peticiones de agua no siempre eran gratis: en muchos casos los que pretendían más riego debían pagar ciertas cantidades, como por ejemplo Pedro Carrasco Marín, dueño de la Hacienda de San Andrés Tulpa, quien pagó 400 pesos, en 2 pagos para obtener dos surcos de agua del río Tlalnepantla. El costo fue muy alto, aunque probablemente consideraba obtener más beneficios posteriores.

El río de Tlalnepantla debió haber sido caudaloso, y su agua cristalina, motivo por el cual se asombraban los sabios y entendidos de los últimos años del siglo XVIII, como Antonio Alzate, quien diera explicaciones tan bellas como las siguientes:

"¿Por qué 105 cauces de 105 ríos de Tlalnepantla, de Coyoacán, de Tacubaya, etcétera, a pesar de que sus aguas vienen precipitadas por 105 montes y collados se limpian anualmente? No por otra razón, sino es que las aguas de dichos ríos se precipitan mezcladas con lodos, arenas etcétera; pero luego que llegan al plan de México, su viveza se amortigua, y por consiguiente los lodos las arenas y demás partículas, específicamente más pesadas que el agua! Se precipitan al fondo luego que las aguas pierden el vigor de su precipitación para encaminar el cieno, etcétera”

 

EL ACUEDUCTO HACIA EL TEPEYAC

El río de Tlalnepantla no sólo nutrió a las tierras de nuestra región: también alcanzó para llevar el agua al Tepeyac, a donde los peregrinos guadalupanos se dirigían incesantemente. Este  canal existía desde siempre, aquel que llevaba agua al Tepeyac. Pero probablemente era insuficiente, o en su camino el agua sufría contaminaciones. Así los habitantes y visitantes del Santuario carecían del vital líquido, para lo cual las autoridades virreinales dirigieron su mirada a Tlalnepantla.

En 1679 el dueño de la hacienda de Tulpa o de los Ahuehuetes había pedido para el beneficio de sus tierras, 3 surcos de agua, que no causaban perjuicios a los vecinos; el 2 de marzo se le confirmó su petición.

En 1682 se confirmó la merced de 3 surcos, agregando que con ello podía cambiar el agua que iba hacia el Santuario de Guadalupe. Esto debió afectar sensiblemente a los moradores de ese lugar, que tenían como única fuente de agua potable ese río, por lo cual 2 años después, el 7 de septiembre se ordenaba que condujera por su cuenta parte de esos 3 surcos hacia la Villa Guadalupana. Sin embargo, don Pedro no cumplió lo prometido, por lo cual el Arzobispo Virrey Fray Payo Enríquez de Ribera emprendió la obra por su cuenta; ese primer canal se destruyó pues al parecer corría a flor de tierra y el agua se perdía. Así, los pobladores de Guadalupe quedaron dentro de una dificultad grave.

Desde 1682 se dio un primer convenio entre varias haciendas de Tlalnepantla para mandar el agua al Santuario de la Virgen Morena, entre las que se encontraban la de Santa Mónica, San Francisco Javier, San Antonio del Jaral, San Rafael, Santa Cruz, San Nicolás, La Blanca, La Patera y Barrientos.

 

 

 

   
   
 

“El Acueducto de Guadalupe”

Restos de esta obra hidráulica de la época colonial sobre la Calzada del mismo
nombre “Acueducto de Guadalupe” en Tlalnepantla de Baz.
Fuente: Archivo Histórico Municipal de Tlalnepantla de Baz

 

Debido probablemente, a que este primer acuerdo fue más efectivo que confiar a un solo particular el envío del agua al Santuario, en el siglo XVIII se pensó en otro acuerdo. Este fue promocionado por otro arzobispo virrey, don Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, quien decidió dar una solución real a falta de agua que sufrían los fieles y los vecinos de la Villa. Este Virrey además era ferviente promotor de la devoción guadalupana.

Esta fue una gran obra, hecha de mampostería que tenía como director de obra al Mayordomo del Santuario, el Bachiller don José de Lizardi y Valle.  Aunque para la construcción recolectó limosnas de los fieles, el acueducto fue pagado por las haciendas de Tlalnepantla; las que nombra el documento están las de San Andrés Tulpan, San Nicolás, San José, o la Blanca, San Francisco Javier, San Jacinto Nahuatlán, San Felipe, La Condesa, San Antonio, alias el Jaral, La Patera, Santa Cruz, o el Rincón. También cooperó la hacienda de don Blas de Aragón, muy cerca de la villa. Cada dueño de estas haciendas fue notificado entre 1720 y 1731, de que tenía que pagar la construcción así como dejar pasar libremente el agua al Santuario, pues según el documento debían ayudar "por la necesidad en que se hallan para su alimento, por lo que salían perjudicados los pasajeros". Su construcción duró varios años, pues comenzó el 22 de junio de 1743 y terminó el 2 de junio de 1747.

A decir de Carrillo Pérez, en su " Pensil Americano", el acueducto de Guadalupe era grandioso, y debió de salvar muchos obstáculos:

''La atarjeas por donde se conduce el agua es obra magnífica: cuenta con doce mil novecientos treinta y cinco varas, por el rodeo que hace, buscando la firmeza en la raíz de los montes y huir lo salitroso del terreno, que media en la línea de rectitud y otros obstáculos que se pulsaron. Sin embargo, de venir subterránea en algunas distancias, en las que se eleva sobre la superficie y elevados, se numera dos mil doscientos ochenta y siete arcos, algunos tan capaces y elevados, que parecen triunfa/es".

El número de arcos varía según los informes de otras personas; tal vez esto no sea lo importante, sino el destacar el hecho de que Tlalnepantla llevó el agua al Santuario de la Guadalupana por muchos años, hasta que el efecto del tiempo y del hombre comenzaron a provocar el ocaso de tan grande obra: los helechos se unieron a una fuentecilla que los frailes de Santa Isabel Tola hicieron a mediados del siglo XVIII. Finalmente, el último arco que daba a una caja de agua se fue deteriorando con el tiempo, y era ahí donde se encontraba la inscripción de 1751 que daba por terminado el acueducto. Cabe hacer notar que en ésta sólo se mencionan " limosnas" que se recolectaron para su construcción, sin mencionar que la mayor parte fueron el esfuerzo y la unión de los hacendados de Tlalnepantla, quienes llevaron agua para la Virgen.

 

LA CAJA DE AGUA
De los pocos monumentos coloniales que posee Tlalnepantla, son su "caja del agua" y el acueducto que permitió la conducción del agua potable a la Villa de Guadalupe. Esta es a grandes rasgos la historia: Entre los años de 1673 y 1680, que fueron los del poder del benéfico Virrey Arzobispo de México, Fray Payo Enríquez de Rivera, se hizo llegar el vital elemento a la Villa de Guadalupe por medio de una atarjea proveniente del río de ese nombre.

Esta primitiva atarjea resultó tan ineficaz y era de tan baja calidad su agua, que tiempo después hubo necesidad de sustituirla por un acueducto en forma.

Hechos algunos estudios sobre el caso, se llegó a la conclusión de que era indispensable tomar el agua del río de Tlalnepantla, proveniente de las sierras de Monte Alto a fin de que la Villa de Guadalupe cesara de padecer la terrible escasez del precioso liquido. Se solicitó entonces la autorización del Virrey don Fernando de Alencastre Noroña y Silva. Duque de Linares, para la construcción de un acueducto.

Otorgado el permiso, en el que se concedían al Santuario dos naranjas de agua, se procedió a abrir una suscripción entre vecinos y circunvecinos, habiéndose reunido la cantidad de ochenta y dos mil ochocientos sesenta pesos, con lo cual se pudo llevar a efecto la edificación de un acueducto que partió de un punto localizado en la toma existente en el cruce que hace el río con la actual calle Cuauhtémoc de esta ciudad: (la caja del agua).

El proyecto para esa obra fue del arquitecto Manuel Álvarez.

Las obras iniciales fueron solemnemente celebradas el 22 de junio de 1743, con un tedeum en la parroquia de Corpus Christi.

 

 

   
   
 

“Caja de agua”

Vista actual de la caja de agua que se localiza en la
Av. Mario Colín al cruce con radial Toltecas. Bajo la Av. Mario Colín
 se localiza el río Tlalnepantla, ahora entubado.
Foto: Archivo Histórico Municipal de Tlalnepantla de Baz

 

 

Ocho años más tarde, el 31 de julio, la fábrica estaba concluida. El acueducto, construido todo de cantera, con una extensión de más de diez kilómetros y 2,121 arcos, con tramos subterráneos y otros de arquería, según el nivel del suelo,  fue dotado de reposaderos y hornacinas distribuidas de tramo en tramo. El punto de partida fue la "caja del agua" o pila, en Tlalnepantla, construida por el entonces propietario de la hacienda de San Mateo. Esta caja de agua tenía por misión distribuir el agua del río a diversos terrenos de cultivo de la región, por medio de un sistema de compuertas. La construcción mencionada existe, aunque en pésimo estado, al igual que el acueducto. En su muro que da al sur, ya casi ilegible, hay una lápida que dice: " Esta pila y presa pertenece a las haciendas nombradas de San Matheo del Sr. Canónigo D. Nicolás Josef de Soria Villarroel que se reedificó por mandato y exectn. dla. Rl. Audiencia de esta corte. Año de 1720".

El extremo o final del acueducto quedó en un sitio inmediato a la Villa de Guadalupe, hacia el norte, rematándosele con una hermosa fuente de marcado acento barroco en la que fue colocada una lápida con todos los dalos, nombres y fechas de su construcción.

 

POR EL CAMINO DEL NORTE
El paso de los viajeros

La codicia que caracterizó a los conquistadores fue la que los impulsó, desde los años incipientes de la época colonial, a llegar a lugares lejanos y desconocidos. Muy pronto las zonas mineras serían descubiertas, siendo una de las principales la ciudad de Zacatecas. Pero sin duda, el transporte que se implementó para la actividad minera, los comestibles y el envío de los metales preciosos a la capital resultaba ser muy difícil, pero Tlalnepantla desde el principio sería el paso obligado de esas caravanas. Para lograr este importante camino comercial, debió aparecer la figura emprendedora de Sebastián de Aparicio, quien dejaría también su huella imborrable por nuestra región.

Sebastián de Aparicio nació en la Villa de Gudiña del conde de Monterrey, en Galicia, el año de 1502. A los 20 años comenzó a dar muestras de su espíritu inquieto, viviendo a una legua de distancia de Salamanca. Pero, como muchos jóvenes de la época, pasaría a la Nueva España, para llegar a Veracruz en 1531; de ahí se movería inmediatamente a Puebla, de donde fue uno de los vecinos más antiguos.

La forma pesada en la que se llevaba a cabo la transportación de los productos provocaría gran inquietud en el joven Aparicio, lo cual lo llevaría a ser el primero en hacer uso de carretas con ruedas, y además de enseñar a los indios el manejo de ese medio. Los usaría desde entonces para agilizar uno de las principales rutas comerciales, entre Veracruz y México. También fue conocido por ser el primero que usó a los novillos como fuerza de tracción para sus carretas.

Pero tal vez la actividad más conocida de esos primeros tiempos fue la de caminero, pues se propuso mejorar las rutas para que las carretas pudieran seguir sin peligro alguno; así, se dio a la tarea de proyectar y dirigir las obras que concluirían con el camino entre México y Veracruz aderezado para las carretas. Esto lo logró en el año de 1536.

Seguramente desde entonces era una persona muy admirada pero su espíritu de aventura lo impulsaría a encontrar otros horizontes, y éstos serían precisamente, los que se encontraban en " la Tierra de En medio".

En 1542 pasó de Puebla a Zacatecas, época en que el camino era muy transitado por los productos mineros, pero de muy mala conformación. Obligadamente debió haber pasado por Tlalnepantla aunque en esta época su principal objetivo fue mejorar el camino a Zacatecas. Su obra fue apoyada por el virrey así como por los comerciantes de Zacatecas, lo cual lo llevó a finalizar esta ruta importantísima del México Colonial y desde entonces Tlalnepantla quedaría como uno de los pasos obligados en el camino del Norte.

Más no queda aquí la historia de Sebastián de Aparicio, pues se arraigó en nuestra región por muchos años. Sintiéndose un poco cansado, vendió sus carretas y compró una labor de trigo entre Tlalnepantla y Azcapotzalco, y construyó la casa que ocuparía por mucho tiempo. Con las buenas cosechas que obtuvo en su primera propiedad, pudo comprar una segunda hacienda en Tenayuca, lo que le ganó la fama de "rico".

Fue en Tlalnepantla que sufrió la famosa pesadilla en la que se enfrentaba contra un toro, lo cual lo había llevado a forcejear por dos horas. Tan afligido quedo don Sebastián que necesitaba un auxilio espiritual, éste lo recibió de Fray Juan Bautista de Lagunas, del convento de Corpus Christi: esto quiere decir que en Tlalnepantla Sebastián de Aparicio recibía su alimento espiritual.

También en Tlalnepantla, y ya siendo un viejo, decidió casarse con una joven, casi niña, con el fin de heredar sus haciendas; pero ella murió al poco tiempo tal y como la recibió de su padre. Luego en su hacienda que se encontraba cerca de Azcapotzalco, vivió con su segunda esposa, tan joven como Ia anterior, quien muriera accidentalmente y también "dulcemente". Ante tales hechos, Aparicio volvió a dirigir sus ojos a Corpus Christi, en donde un religioso le aconsejó "abandonar el mundo" y entrar a la Orden de San Francisco; por ese motivo, se desarraigó de Tlalnepantla, vendiendo sus haciendas, sus ovejas y dando su producto a las monjas de Santa Clara, quienes recibieron la nada despreciable suma de 20,000 pesos. Con su entrada a la orden franciscana, en 1574 terminaba la obra terrenal de Sebastián de Aparicio, quien además de ser por casi 30 años un distinguido habitante de Tlalnepantla, unió desde entonces nuestra región al camino del norte.

Mucha gente debió haber pasado por nuestra región a través del camino del norte. Las caravanas comerciales compuestas generalmente de mulas, transportaban miles de artículos, lo cual llamó la atención, a principios del siglo XIX, de Alejandro de Humboldt:

"Los millares de mulas que todas las semanas llegan de Chihuahua y de Durango a México, traen, a más de las barras de plata, cuero y sebo, un poco de vino de Paso del Norte y harina; tomando en retorno de las fábricas de Puebla y de Querétaro, géneros de Europa y de las islas filipinas, hierro, acero y mercurio".

Cualquiera que quisiera dirigirse hacia el norte debía de pasar por nuestra región, como por ejemplo Giovanni Gemelli Carreri, quien visitó la Nueva España el año de 1697. El nos da la siguiente descripción:

"Deseoso de ver la gran obra emprendida para dar salida a las aguas de la laguna de México, monté a caballo con un esclavo el lunes 15 (de abril) y hechas tres leguas de llanura, llegué al pueblo de Tlalnepantla. Subida luego la cuesta de Barrientos, después de dos leguas llegué a Guautitlan".

Tlalnepantla fue, desde entonces, la primera puerta de entrada del norte hacia la capital, o el punto de partida hacia los grandes centros mineros. Por ello, desde la época colonial los viajeros fueron atendidos en nuestra región con esmero.

LAS VENTAS Y LOS MESONES EN TLALNEPANTLA

El camino del norte debió ser muy transitado en tiempos coloniales, importantes comerciantes, caravanas con mercancías de menor calidad llevadas por indios o mestizos, y hasta la gente de gran alcurnia que viajaba en elegantes carruajes, pasaban forzosamente por nuestra región. Este constante paso fue aprovechado por hacendados de Tlalnepantla, quienes fundaron desde el siglo XVI ventas y mesones. En esos establecimientos se daba albergue y comida a los viajeros, funcionando como los primeros hoteles de nuestra región. Generalmente tenían a un santo patrono, ya sea de la localidad, o por el nombre del fundador, con lo cual se bautizaba a estas posadas. En algunos casos las ventas y mesones durarían hasta el siglo XIX.

La primera venta que tuvo nuestra región perteneció a Juan de Villaseca, en Tenayuca y Tlalnepantla, en un llano alto que se encontraba junto al camino de México a Cuautitlán. La merced de este sitio se le concedió el año de 1581, comenzando así con la tradición hotelera de nuestra región.

En 1601 se abrió una venta que tenía como dueña a Antonia de Vallejo. Esta se localizaba en el camino a Zacatecas, pues éste pasaba precisamente por sus tierras, y serviría para "dar el sustento a los pasajeros que pasaban por allí”. Desgraciadamente no contamos con más noticias de estas ventas, aunque probablemente no durarían los tres siglos del virreinato; esto sacarnos en conclusión al revisar un tercer documento que se refiera a otra merced para un mesón en Tlalnepantla. El 26 de junio de 1771, don Diego Isasi recibió la merced para poner un mesón en el camino real o calle principal de Tlalnepantla; como argumento para abrir ese establecimiento, se decía que el único que había por esos lugares se encontraba muy lejano, al hallarse hasta el pueblo de Cuautitlán. Por eso consideramos que probablemente las anteriores ventas ya habían sido cerradas.

Gracias a estos incipientes hoteles, los viajeros pudieron tener un lugar de descanso y de alimento en su larga travesía por el camino del norte, además de que nuestra región se beneficiaría con este tránsito constante. Tlalnepantla pues, podría ver llegar la modernidad por el camino, dirigiendo con ello su vista hacia el futuro.

 

REFERENCIAS:

Para las notas de pie de página favor de consultar el libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996 y el libro “Tlalnepantla, Tierra de En medio” de Guillermo Padilla Díaz de León, editado por el H. Ayuntamiento de Tlalnepantla de Baz, Edo. Mex. 1982-1984; ambos en la biblioteca digital de ésta página web.

 

  • LOS CIMIENTOS DE UN IMPERIO, página 47 del libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996.   
  • LOS AMOS ENCOMENDEROS, páginas de la 47 a la 52 del libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996.   

 

  • LOS CIMIENTOS DE UN GOBIERNO, páginas de la 52 a la 56 del libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996.   
  • EL TRABAJO SE ORGANIZA: EL REPARTIMIENTO, páginas de la 57 a la 60 del libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996.   

 

  • LA CONQUISTA POR LA CRUZ: CORPUS CHRISTI TLALNEPANTLA, página 60 del libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996.   
  • "LOS DOCE" PRIMEROS FRANCISCANOS, página 61 del libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996.   

 

  • LA EVANGELIZACIÓN, páginas 53 a la 56 del libro “Tlalnepantla, Tierra de En Medio” de Guillermo Padilla Díaz de León, editado por el H. Ayuntamiento de Tlalnepantla de Baz, Edo. Mex. 1982-1984.
  • LOS NUEVOS CRISTIANOS

El impacto de la primera evangelización, páginas de la 61 a la 63 del libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996.   

  • TLALNEPANTLA: PUNTO DE UNION Y CONVIVENCIA, páginas de la 63 a la 68 del libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996.   

 

  • LA CATEDRAL DE TLALNEPANTLA EN EL TIEMPO Y EN EL ARTE, páginas de la 68 a la 69 del libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996.   
  • NUEVA TIERRA, NUEVOS DUENOS

La legitimidad de la tierra, páginas de la 69 a la 73 del libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996.   

  • LA TIERRA DE LOS INDIOS, páginas de la 73 a la 75 del libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996.   

 

  • INDIOS CONGREGADOS, TIERRAS PARA REPARTIR, páginas de la 75 a la 77 del libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996.   
  • MUCHA TIERRA EN POCAS MANOS, páginas de la 77 a la 79 del libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996.   

 

  • EL PRIMER CARRETERO DE AMÉRICA, páginas 71 a la 74 del libro “Tlalnepantla, Tierra de En Medio” de Guillermo Padilla Díaz de León, editado por el H. Ayuntamiento de Tlalnepantla de Baz, Edo. Mex. 1982-1984.
  • AGUA PARA LA VIRGEN: EL RIO DE TLALNEPANTLA

El alimento de la tierra, páginas de la 84 a la 85 del libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996.   

  • EL ACUEDUCTO HACIA EL TEPEYAC, páginas de la 85 a la 87 del libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996.   

 

  • LA CAJA DE AGUA (El ACUEDUCTO Y LA CAJA DE AGUA), páginas 89 a la 90 del libro “Tlalnepantla, Tierra de En Medio” de Guillermo Padilla Díaz de León, editado por el H. Ayuntamiento de Tlalnepantla de Baz, Edo. Mex. 1982-1984.
  • POR EL CAMINO DEL NORTE

El paso de los viajeros, páginas de la 87 a la 89 del libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996.   

  • LAS VENTAS Y LOS MESONES EN TLALNEPANTLA, página 89 del libro “Tlalnepantla, una región en la historia” de Laura Edith Bonilla de León y Rebeca López Mora, editado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz, Méx. 1994-1996.   
   
 
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